Una especie en franca expansión. Cada vez hay más y los mejores o peores –según se mire-, dedican su día de trabajo a ir pasando de un medio a otro, ametrallando sin pausa con sus opiniones o recomendaciones para la buena marcha del país o, ¿por qué no?, del mundo. Gracias por estar ahí.
Una serie de notas los definen:
Saben. No importa el debate, no importa la pregunta, la cuestión puede haber sobrevenido de forma súbita y tratarse de un tema de índole científica, económica, meteorológica, médica, política, cultural o sociológica. Tanto da. Prestos acometen la argumentación encaminada a la conclusión que, por otra parte y si ya conocemos al personaje, todos adivinábamos desde el inicio.
Supongo que sí, que a ratos resulta entretenido escuchar debatir sobre temas que captan nuestra atención o que aun teniendo el carácter de grandes temas del Estado, tocan de lleno nuestra esfera privada, temas de alta política que afectan a nuestras intereses personales o más íntimos. Suelo escucharlos en viajes largos, sobre todo de noche; es cuando sustituyo música por gente charlando –casi ni me importa el tema-, para combatir el sueño.
En los temas más actuales, en los temas de alta sensibilidad social, de los que todo el mundo habla, me asaltan las dudas, me cuesta decidirme, tengo que informarme para ser capaz de emitir una opinión sin reservas. El problema es que escucho opiniones o leo artículos procedentes de grupos mediáticos de diferente signo donde se me suministran datos y estadísticas brillantes por su supuesta incuestionabilidad y contundencia. La confusión llega cuando se me ofrecen cifras divergentes referentes al mismo asunto en algún vecindario próximo. ¿Son distintas formas de acercarnos a un problema o son simplemente mentiras? Por eso admiro o me admiro de la seguridad y suficiencia del tertuliano bregado. Sin términos medios, sin dudas. Los hay expertos en economía cuyas previsiones fallan a menudo pero que siempre tienen una razonada y detallada respuesta para la explicación del fenómeno a posteriori. Bien saben de un principio que domina cualquier político experimentado: la memoria del pueblo es débil.
Sabes de antemano cuál será su opinión sobre un tema. Conoces su ideología y partiendo de la misma, saben adaptarse con facilidad y confianza a cualquier cuestión, por espinosa o inaprehensible que sea. Tal vez hoy en día las zonas grises son más amplias que nunca. Cuando un partido “socialista” y “obrero” ejecuta, sin temblarle el pulso, política económica de derechas, cada vez se me hace más difícil comprender esa polarización que se transmite y alienta desde la gran mayoría de medios de opinión. ¿Existe la derecha e izquierda? ¿No cabe la tierra de nadie o las posiciones intercambiables? Excepto en temas sociales puntuales que resuenan mucho pero que no van más allá, donde sí se afilan las actitudes como si se quisieran marcar las diferencias para mostrar quiénes son los buenos y los malos –según el cristal con que se mire, claro-, se me hace difícil comprender la diferencia de muchas de las estrategias de nuestros dos grandes partidos. Por ello me asombro de la beligerancia de muchos de los participantes en las tertulias, lo que me hace dudar a menudo si es todo pose, un papel que les toca representar o verdaderamente se creen lo que dicen.
Tertulias las hay de diferente pelaje y condición, a cada paso más extremas o decantadas por una línea, lo que dificulta aún más hacerse una idea real o aproximada de lo que está ocurriendo. Escuchamos lo que queremos escuchar y por eso sintonizamos la cadena que nos ofrece lo que esperamos, la que dice las cosas claras, la que no miente, la independiente. Eso sí, hasta el dial más extremo, sea de uno u otro signo, debe mostrar apariencia de pluralidad y claro, nunca faltará el extravagante con ideas extrañas al grupo para que el oyente o espectador tenga aún más claro cuál es el camino correcto. Verdaderos generadores de opinión, gozan de amplio y extraño poder. Hace años dudaba si esta gente no estaría al servicio de colores, de partidos políticos; por entonces, todavía tierno, aún confiaba en valores como la independencia. Ahora no, ahora ya más cínico por edad, sé que toda la tropa tiene su sueldo –sea de una u otra forma- y su opinión está al servicio de unos intereses muy concretos y delimitados.
El mal se extiende y en lugar de pensar por ti mismo, aun reconociendo el carácter utópico de tal afirmación, podríamos morir en el intento tratando de buscar o entender qué está pasando realmente ahí fuera. Sin embargo, como balance final, me temo que todo se reduce a una amalgama de apuntes y medias verdades de las que debemos extraer el jugo que más nos convenga. He sido testigo de reuniones de familia –muy dadas al debate político, por cierto-, donde se reproducen bochornosos giros y expresiones literales de alguno de los tertulianos más conocidos. Es cuando me da por pensar en su perniciosa y creciente influencia, en que detrás de esa saturación de información, no hay más que manipulación. Realmente nos encontramos más desinformados y desamparados que nunca. De todas formas es lógico que las televisiones o las radios apuesten por una fórmula barata que les ocupa un amplio espacio y les garantiza una audiencia.
Los hay que se han convertido en verdaderas estrellas mediáticas y llevan un vertiginoso ritmo de apariciones en radio y televisión además de publicación de artículos y libros. Vida estresante y al límite ¿Para cuándo una serie sobre el cuerpo a semejanza de “policías”, “médicos” o “abogados”?
¿Recordáis lo triste que era la vida hace años cuando no se estilaba el formato, cuando el único debate del que teníamos noticia y que tal vez por eso, siempre era muy “mentao”, era el de Hermida sobre los toros, la mili o el feminismo?
"Cabezas parlantes" desde Nueva York.
