sábado, 3 de septiembre de 2016

El hombre que supo reinar



Aunque no solo como hombre sino también como jugador ojalá está lejos el día en que, según Walter Benjamin, pueda decirse "quién fuiste pues ya no serás nunca nadie más que quien fuiste hasta ese instante del que no se vuelve", aprovechando la despedida de Calderón, el primero de los grandes, y los diez años transcurridos desde el Mundial de Japón, mejor escribir ahora que ya se adivinan tiempos en que a nosostros, afortunados, nos tocará relatar a los vengan sobre su leyenda.

Escribir sobre un niño hombre que con poco más de veinte años ya sabía lo cierto de las palabras de Kipling sobre el triunfo y la derrota, esos dos impostores.

Nos enseñó a vencer desde la constancia y la lucha cotidiana y oscura, aunque eso ya lo sabíamos. También desde la rabia y la pasión, que aunque sabíamos podía ser noble, no teníamos tan claro que hubiera de ser siempre así, que únicamente fuera aceptable por ese camino.

Pero sobre todo, en las pocas derrotas, nos enseñó algo que ignorábamos, que en esos momentos el ruido de fondo no significa nada, que toca buscar en tu interior lo que te rescatará para seguir adelante y volver a intentarlo.

Hoy, que muchas figuras del deporte parecen algo abobadas y grotescas -muy comprensible por otra parte, dado el tratamiento que se les otorga-, inquietantes espejos para nuestros niños y niñas, uno de los más grandes, el capitán de un grupo extraordinario, adoptó como seña de identidad la educación, la mesura y la serenidad, ajeno a las manipulaciones de los de siempre, los mediocres que aspiran a marcar grandes destinos, siempre los únicos posibles.

Gracias por mostrarnos una forma de crecer y ser hombres, creando lazos con todos nosotros del mismo material de los que unen a un grupo de amigos salvajemente buenos, impartiendo lecciones en la cancha y en la vida. Lazos que atan, que muestran un saber estar en el mundo.