domingo, 25 de junio de 2017

Héroes



"La capacidad de heroísmo no es más que toda la energía de un hombre concentrada en un momento, en un día, en un corto periodo de la vida" (Gonzalo Torrente Ballester)

Pues eso: Bowie.

miércoles, 21 de junio de 2017

El lugar de las cosas


EL LUGAR DE LAS COSAS

Me gustan las palabras exactas, las que aciertan
el centro de las cosas, y cuando las hallo
es como si las cosas salieran de su interior

Esas palabras son duras como los objetos
que designan, piedra, tronco, hierro, el cristal
de espejos rotos al calor de la tarde.

Intento incendiarlas cuando escribo, como si
el fuego saliese de la frase, y se extendiera
por el campo de la página en una devastación de sílabas.

Echo, entonces, más palabras a las palabras,
agua, polvo, tierra, el aire seco del verano, para que la voz
no se queme en este paisaje sombrío.

Recojo los restos, los adjetivos, los adverbios,
artículos, preposiciones, para que sólo las palabras que indican
cosas queden en el lugar que ya tenían.

Poco importa que las frases pierdan su sentido. Lo
que queda son los nombres de las cosas, para que las cosas salgan
de su interior y las podamos ver en su sitio.

(NUNO JÚDICE)

sábado, 17 de junio de 2017

Lo que bien acaba



Aunque hoy solo pienso en modo Historia del Arte, por cuestiones administrativas no me permitieron presentar el año pasado el trabajo de fin de grado en Derecho. No lo decía pero lo soñaba; soñaba con la matrícula de honor que al final he conseguido y que, aunque sea más de veinte años después de cuando debió ser,  sigue reconfortando. 

Sí, la vida te lleva por caminos raros, ya lo cantaba Quique González. A lo largo de estos años me he preguntado miles de veces por qué dejé de presentarme a los exámenes de Derecho cuando, después de un expediente brillante, me faltaba poco para terminar.  La respuesta me la dio un el filósofo Richard Bernstein en una entrevista cuando, citando a Whitehead, describía el proceso educativo como varias etapas en las que se sucedía la pasión o romance en la base, el enamorarse de un materia, para seguir con la búsqueda de la precisión a través del estudio y la generalización final.

Yo, a pesar de ser un enamorado de los libros desde niño, nunca amé lo que estudiaba, equivocándome por completo en mi elección de carrera, la que si me paro a pensar, por falta de carácter, no fue tal. Cuando el ambiente o cierto desarraigo interno me hicieron errar el camino, no conseguí encontrar razones para retomarlo, porque simplemente carecía de ilusión. Si Abril decide estudiar, espero servir de mal ejemplo, algo similar a lo que también le ocurrió a su madre con Bellas Artes.

Es curioso que el verdadero detonante para ponerme a ello tantos años después, fuera una pulsión, esta sí constante y arrebatadora, por estudiar algo que me gustase de verdad, en principio no más que por el placer de aprender. Si casi siempre tengo en las manos libros raros, por qué no dedicar esa energía a descubrir guiado y, ya de puestos, conseguir nuevos retos y metas.

Como cuando decidía apuntarme a triatlones o ultras de dureza extrema, todo eso sonaba muy bien tirado en el sofá o en la cama, mas ponerse manos a la obra es algo más complejo. Estudiar es muy similar a entrenar, se ha de acostumbrar a unos cuerpo y mente reticentes, se ha de crear un nuevo hábito.

El contacto inicial fue algo decepcionante porque aquellas cinco asignaturas pendientes, al pasar al Grado, se habían convertido en muchas más y porque la UNED es más dura de lo que fue Salamanca. Por ello me costó recuperar el ritmo crucero de las buenas notas de antaño que aspiro a mantener constante hasta el final de Historia del Arte.

Tenía claro que el trabajo de fin de grado sería sobre Historia o Filosofía, materias que me apasionan, de lo que, por cierto, podía haberme dado cuenta cuando me tocó estudiarlas para encauzar por ahí mis esfuerzos.

Ya lo comenté cuando lo presenté: el estudio y la recopilación de información para la confección del trabajo ha sido la experiencia académica más estimulante de mi vida, aunque plasmar por escrito el fruto de mi trabajo y mis ideas en cincuenta folios en poco más de una semana resultó algo ciertamente estresante.

La matrícula de honor con la oferta de trabajar en la tesis viene a ser algo así como cerrar una puerta como es debido, es liberarme de cierto lastre espiritual , es dejarme engañar, tal que si el tiempo no hubiera pasado desde aquella otra matrícula de honor con la que cerré el anterior ciclo educativo en COU,  es casi creer por un instante que en la vida transcurrida no hubo peajes y dispusiera de toda la libertad para elegir mi futuro.

Ahora tengo que decidir el camino, benditamente mediatizado por familia y trabajo: bajar el ritmo con Arte, o lanzarme a saco con esta carrera para terminar cuanto antes. Un par de semanas para elegir. Lo que sí tengo claro es que el doctorado, antes o después, aguarda, porque, al fin, es seguir los raíles que conducen a mí mismo, es actuar conforme a mi naturaleza, es no apartarme de lo que soy y para lo que nací, para estudiar, para aprender.

domingo, 28 de mayo de 2017

La Manzanera, la gracia y el arte de la costurera


De esos melómanos resabiados algo engreídos que todo lo saben, de esos soy yo. Por eso tuerzo el morro cuando en los viajes en coche me toca tirar de músicas de críos, como padre de cría que soy. Pero he aquí que hubo un disco, "Retahilando" se llamaba, de la Manzanera, profesión costurera, decía.

Y zis, zas...

Puntadita a puntadita las canciones se me fueron bordando en el interior, en las entretelas del corazón, que es un dicho de gente antigua del que yo gusto mucho; tanto se cosieron que antes ponía yo el disco que Abril lo pidiera; mi hija, no el mes.

Y zis, zas...

Porque me gustaban las músicas, sí, pero yo es que yo también soy esos mustios señores muy leídos, resabiados y algo engreídos, que saben de historia, poco o mucho, según con quien se compare, de la Historia grande, la que se escribe con mayúscula y de la pequeña, de las historias de pueblos y gentes. Y es que no solo disfrutaba con la música y las canciones, lo que cantaba y cómo lo cantaba, que también con lo que contaba y cómo lo contaba, con historias de viejos y viejas por muchas generaciones escuchadas.

Y zis, zas...

Y en esto que ayer en Sequeros, en pequeño teatro de pueblo encantado de la sierra, la Manzanera se nos presentó para poner cara, mucha cara, para poner gracia, pero que mucha gracia, a lo que yo sabía de memoria, pero que ayer presencié puesto en pie con un cargamento de preciosos y sorprendentes trucos y achiperres. Con un Iovis Fernández de la Cruz que así, sin darse importancia -aunque eso "de la" siempre queda la mar de señorial-, valiéndose de un montón de instrumentos y cacharros parecía tocar la única música posible para todos esos cuentos más o menos conocidos.

Y zis, zas...

Sí, la Manzanera actúa muy bien, canta que te mueres, es ágil en escena, se ríe de nosotros con nosotros, pero puede que lo que mejor la defina es esa risa de manual, en forma de acordeón, en cuarto creciente, que inunda el teatro, que pareciera vendaval capaz de llevarse todo por delante, todo lo peor de la vida, sea por una miserable o grandiosa hora, según se mire.

Y es que en la cosa del arte, como en la vida, algo es bueno si fluye de forma natural y a fe mía, que en el disco, más aún la representación, todo encaja como debe ser, como la vida debiera ser.

Y zis, zas...

Como bien decía Manuel en la presentación, este es un teatro para disfruten niños, padres y abuelos. Un espectáculo espectacular, valga la reverencia... o como se diga, que esto se estaba poniendo de más de serio, caramba. Como dijo el ratón que se subió a la baranda. Pan, chocolate y queso. Pan, chocolate y queso.