viernes, 10 de agosto de 2018

Tras la agonía. En memoria de Chan



Es inherente a escribir el miedo a resultar forzado o no fiable, a no disponer de las herramientas y pericia para que lo que cuentas se ajuste a lo pretendido o sentido.

Hoy más que nunca me gustaría que este manojo de líneas sirviera para hacer justicia, para despedir a un hombre que acaba de terminar el duro tránsito por la agonía que precede a la muerte, ese camino que solo puede recorrerse en la más desarmante soledad, la que verdaderamente define al ser humano.

Mi relación con Chan, mi suegro, ya lo fue con un hombre en lucha, enfrentado al imparable e invencible deterioro físico, y precisamente esa dimensión me descubrió la talla de la dignidad de un hombre con una fuerza y una entereza frente al dolor prodigiosas, francamente inspiradoras hasta para mí, que conozco a muchos tipos duros por aficiones comunes, simples juegos en los que la banca nunca gana. Cuando lees a Boecio casi puedes escuchar la voz en su celda escribiendo la Consolación de la filosofía antes de su muerte, pero   impresiona más aún el ejemplo de Chan, la chanza, la sonrisa, el gesto de desprecio o el poderoso silencio frente a la decadencia del no reconocerse en el espejo.

Un buen hombre, noble y sin dobleces, que sobre todo disfrutaba la vida a través de sus pequeños placeres, repetidos a diario en un rutina inamovible alejada del ruido, que él valoraba por encima de todo, que renegaba del festejo o lo extraordinario, que no le pedía más a la accesible plenitud de la existencia que el que fuera cotidiana.  

Sobre todo me entristece no haber podido hablar con él más larga y serenamente sobre su vida, porque con él y  con tantos otros que se marchan cada día, se esfuma un mundo que ya quedó atrás, que hoy se convertiría en casi inhabitable para nuestras melindrosas generaciones, no digamos para las que nos sucederán. A mí, que soy uno de esos tipos empeñados en estudiar el testimonio del pasado, en proporcionarles el contexto real a través de su huella o el mero vestigio material, se me escapan todos los tesoros de un tiempo que parece remoto sin serlo. Como decía Loren sobre Agus, carrocerías que ya no se fabrican, formas de vivir y enfrentarse a la vida, sabiduría en fin, que se extingue sin remedio, no por ley natural, sino por nuestro propio desinterés.

Sin embargo, me queda mucho de él, en ese recuerdo que por ahora no cede, que seguro lo hará, permaneciendo de una forma más intermitente y difusa, aunque siempre intensa.

Permanece también a través del producto de una de sus formas de vivir, la que comparte con muchos de los Morriñas, esa querencia íntima, tal vez mandato, que se transmite y contagia de forma algo mágica, casi como un rasgo físico, esa pasión y talento por trabajar con las manos, esa aptitud para tallar o dibujar, para crear desde lo pequeño, reconfortante durante su mismo proceso, cuyos frutos se muestran hoy a mi alrededor en forma de cuernas o piedras talladas.

Pero sobre todo me queda Chan en Susana, en su hija, la persona que más admiro y quiero, en la que las cualidades de mi suegro habitan, aunque sea de otra forma, con un talento multiplicado, con una tenacidad y gusto por lo bien hecho parejo, en una nobleza y bondad, fruto de su naturaleza y educación.

Aguardo expectante que ese espíritu que tiene algo de mar, cuyas olas nos traerán de tiempo en tiempo el recuerdo de Chan, se siga prolongando en la mejor parte de nuestra pequeña y perfeccionista Abril.


3 comentarios:

Dani dijo...

Precioso

Atalanta dijo...

Gracias, Dani, me alegro de que te gustara

Mari Carmen López Martín dijo...

Gracias Abel, por estas palabras tan bonitas en memoria de mi tio.