domingo, 28 de diciembre de 2014

Tertulia: "El derecho a la pereza"



Imagino que a la hora de valorar históricamente una obra, poco marcará más que ser familiar de una de las personas más influyentes de la historia –tanto por las acciones como por las reacciones que desencadenó y desencadena su pensamiento-, que cualquier primer referencia a Paul Lafargue, ha de pasar por señalar de que era  yerno de Karl Marx

“El derecho a la pereza” fue publicado en 1880, en los albores de la Revolución Industrial, dato que nunca se ha de perder de vista. El título es equívoco, la pereza se identifica con el tiempo para el reposo y ocio que le dejaría una jornada laboral de tres horas. Paso a exponer unos someros apuntes de algunas de las tesis de Lafargue, teórico empeñado en construir un mundo mejor, en redimir a un proletariado esclavizado desde puntos de vista audaces, hoy discutibles. En cualquier caso, testimonio histórico de primer orden, retrato de las tensiones de una época. 

El trabajo como bien, es uno de los dogmas históricamente incuestionados más cuestionables de la historia. Para apoyar su afirmación parte de una serie de argumentos más bien peregrinos, poco serios, no basados en dato o estudio alguno, como las referencias a otras lugares y tiempos: sea nuestra España que puede vanagloriarse de tener pocas fábricas, donde en su literatura se canta a la dignidad del mendigo (véase nuestra imagen: “Para el español el trabajo es la peor de las esclavitudes”), sea la Grecia antigua donde el hombre libre piensa y no trabaja para sentar los pilares de nuestra civilización, sea el mismísimo “Sermón de la montaña”, donde Jesús cuenta aquello de que los lirios de los campos no trabajan o la referencia a Jehová, que el séptimo día se entregó a la pereza.

Otra prueba clara de la condena del trabajo es cómo el hombre salvaje es físicamente superior e incluso más bello que el adicto al trabajo, que en su obcecación, ni siquiera dispone de tiempo para contemplar la naturaleza; entre ellos los campesinos propietarios y pequeños burgueses o ese proletariado empeñado en traicionar su misión histórica.

No hay que olvidar el panorama laboral del que parte el autor: jornadas de trabajo para hombres, mujeres y niños de hasta 16 horas, sometidos a unas condiciones terribles que se repiten generación tras generación, en la que, por ejemplo, la mortalidad infantil es inasumible.

Sin embargo, economistas, filósofos, literatos a sueldo, representantes de la moral burguesa, hija de la católica, cantan las bondades del trabajo como remedio contra los vicios,  que el verdadero fin perseguible es el progreso (cámbiese hoy por “crecimiento”), hijo primogénito del trabajo. Todo resulta tan confuso que en 1848, el derecho al trabajo se asume como un principio revolucionario.

“Los filántropos llaman bienhechores de la humanidad a los que, para enriquecerse sin trabajar, dan trabajo a los pobres. Más valdría sembrar la peste o envenenar las aguas que erigir una fábrica en medio de una población rural”. “Introducid el trabajo fabril, y adiós alegrías, salud, libertad, adiós a todo lo que hace bella la vida y digna de ser vivida”

Se menciona la primera crisis general del Capitalismo en 1825 (6 hasta 1880). Causa en la sobreproducción, consecuencia del sobretrabajo del proletariado embrutecido.

Crítica a los industriales filántropos –no bastan los paños calientes o buenas intenciones-, crítica también al proletariado, que en los momentos de crisis, en lugar de exigir la redistribución de la riqueza mendigan trabajo: más horas por menos salario (otra referencia que suena muy actual: la del aumento de la productividad a costa de la disminución de los costes salariales).

Es necesario que el proletariado recupere la conciencia de su fuerza, “que proclame los derechos a la pereza, mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos derechos del hombre, concebidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se obligue a no trabajar más de tres horas diarias, holgazaneando y gozando el resto del día y la noche”.

La paradoja de que la máquina, cada vez más perfeccionada y productiva, exija más trabajo, no reposo (ya Antíparos, poeta griego, cantaba al molino de agua como máquina liberadora). Se da el fenómeno contrario, se suprimen días de fiesta, los economistas predican la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo, se olvida el canto a la buena vida de Quevedo, Cervantes o Rabelais.

Sin embargo, el burgués, antes austero, se ve avocado al sobreconsumo y al desorden vital; porque las fatigas de la vida libertina también deterioran. Doble función del burgués, improductor y sobreconsumidor, rodeado de una enorme cantidad de trabajadores domésticos destinados a satisfacerlos y de una corte de jueces, policías y soldados destinados realmente a protegerlos, todos ellos improductivos. 

El problema no es producir más, sino encontrar consumidores y he aquí otra curiosa referencia tremendamente actual: “Todos nuestros productos son alterados a fin de facilitar su salida y abreviar su existencia”. ¿Precedente de la obsolescencia programada?.

El obrero clama por trabajar, pero ¿por qué no racionar el trabajo? A continuación alude a unos experimentos en los que reduciendo la jornada laboral, se aumentó la productividad, además del hecho de que se evitaron las que ya se habían convertido en periódicas huelgas. El gobierno inglés instauró la jornada de 10 horas y aun así, Inglaterra sigue siendo la primera nación industrial. También hace referencia al decidido uso en Estados Unidos de la máquina para aligerar el trabajo del hombre en una visión algo idílica y alejada de la realidad como el desarrollo histórico demostraría. 

Si se prohibiera el trabajo por encima de ciertos límites, el trabajador podría convertirse en consumidor, sin necesidad de exportar. El derecho al trabajo es realmente derecho a la miseria. Ahí representa a Francia al estilo del caricaturista Daumier que hace unas semanas pasó por el blog, como una caricatura de un teatro en el que los burgueses y su corte se dedican a esquilmar su riqueza.

Para terminar, en el apéndice, Lafargue acude a fuentes clásicas en que se denigra el trabajo manual o la misma idea de negocio (Cicerón), utilizando palabras de Jenofonte “El trabajo ocupa todo el tiempo y no queda nada para la República y los amigos”.

La máquina ha de ser la redentora del humanidad, ya no será necesario el esclavo.

Un literal canto a la pereza: “¡Oh, pereza, apiádate de nuestra larga miseria!¡Oh, pereza, madre de las artes y las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!”

Próxima tertulia: “Memorias del subsuelo” de Dostoyevski, el 27 de febrero.