domingo, 12 de julio de 2015

Eichmann o la banalidad del mal




Los dos libros a que hacía referencia en el anterior artículo eran “Eichmann en Jerusalén” de Hannah Arendt” y “HHhH” de Laurent Binet.  Aun siendo de naturaleza bien distinta, ya que el primero se trata de un ensayo y el segundo de una  novela histórica algo especial, en muchos tramos transitan temática común.

Ambos interesantes, les dedicaré un comentario a cada uno. El hecho de haberlos leído al mismo tiempo, el de Binet, por ser más ligero y ameno, por las noches, cuando ya no tengo la mente para muchos esfuerzos, hace que se mezclen en mi memoria y puede que algo que creo haber leído en un libro, sea, en realidad, del otro.

 

Comenzamos. “Eichmann en Jerusalén” es el informe del proceso que se celebró en Israel en 1961 para juzgar los crímenes del dirigente nazi Adolf Eichmann tras de haber sido secuestrado en Argentina  por los servicios secretos israelíes. Evidentemente la sentencia estaba dictada de antemano: Eichmann fue ahorcado al anochecer del 31 de mayo de 1962. 

Aunque con su grado, lo que vendría a ser un teniente coronel de las SS, no formó propiamente  parte de la cúpula nazi, su papel en el exterminio judío fue tan determinante, que se convirtió en uno de los hombres más buscados del mundo tras la Segunda Guerra Mundial (junto a Bormann, probablemente),  uno de los más nombrados por acusados y víctimas durante los procesos de Nuremberg, adquiriendo su figura proporciones que, a la vista de lo leído, tal vez no mereciera.

La filósofa  Hannah Arendt, a pesar de ser judía y alemana exiliada antes de la guerra, trata de analizar el proceso fría y objetivamente, buscando todas las sombras y puntos débiles de un procedimiento que, tratando de impartir justicia, fue muy cuestionable desde el punto de vista estrictamente jurídico, ya de origen  por la propia competencia o legitimidad del tribunal debido a la vulneración de la soberanía argentina –país que por entonces no estilaba lo de extraditar a ninguno de su refugiados nazis-, o desde el modo de actuación de la propia acusación, centrándose en el relato de episodios de barbarie, olvidando que, técnicamente, lo que se ventilaba era establecer el nexo que vinculaba a nuestro personaje con esas muertes;  y hasta desde el punto de vista moral, sugiriendo la autora ampliar el campo de responsabilidades del holocausto judío. Por ello es tan comprensible la polémica que suscitó la publicación del libro.

También se hace referencia a otro tema delicado, otra herida sangrante en el momento de publicación, los años sesenta,  el de una Alemania increíblemente templada en los juicios a criminales nazis donde se imponen condenas ridículas; además de la escandalosa tolerancia al hecho de que en la política o en la misma judicatura alemana de la época,  se integraran responsables directos en el  aparato nazi o que se hallaron implicados en el mantenimiento y aplicación del ordenamiento nacional socialista. Era tristemente evidente que, tras la guerra, Alemania había decidido no meneallo, pasar página y tratar de olvidar. Tuvo que tomar las riendas la generación que sucedió a la culpable,  a la que, extrañamente, llegó a alcanzar cierto grado de culpabilidad moral, para reparar esta situación, en lo que aún estamos –hace unas semanas se condenó a un contable en Auschwitz-.

Volvamos al hilo, partamos de Eichmann.  Como antes señalaba, los años de posguerra habían agigantado su figura hasta alcanzar proporciones algo legendarias, pero el personaje  no acaba de encajar en la del malvado de película, donde si lo haría Heydrich, el personaje central de “HHhH”. Por ello, uno de los efectos del libro y supongo que del proceso en sí, es la desmitificación o la cierta decepción que produce  enfrentarse a una de las causas inmediatas del mal más puro, a uno de los responsables directos del exterminio de millones de judíos, de no todos, pero puede que de la mayoría. De ahí el subtítulo: “Un informe sobre la banalidad del mal”.

Eichmann se empecinaba: “Jamás he dado muerte a un judío, ni tampoco a un no judío. Nunca di orden de matar a un judío, ni de matar a un no judío”. Es más, Eichmann aseguraba que sus tareas de organización y coordinación habían ayudado a las víctimas, facilitando el encuentro con su destino. Si es preciso hacer algo, más vale hacerlo ordenadamente, ya que él cumplía con su deber, acataba la ley.

Tras el largo interrogatorio policial y los meses de sesiones del proceso, nos queda el retrato de un hombre mediocre, un eficiente burócrata que trata de promocionar en su trabajo por el eficaz desempeño de sus labores, que explica varias veces en el interrogatorio, buscando la comprensión de su interlocutor, el porqué no pasó del grado de teniente coronel, algo imposible en su destino.

Un tipo mezquino, no un sádico, que rechaza ser testigo directo de las consecuencias de sus actos, que no disfruta del asesinato, sino que le causa repulsión. Lo que me recuerda un célebre episodio del máximo dirigente de su organización, los SS, un Himmler que en Minsk llega a desmayarse al presenciar la ejecución de un grupo de judíos para, a continuación, saliendo del paso con soltura, pronunciar unas palabras a sus tropas desde el coche,  en las que manifiesta que ha comprobado de primera mano lo difícil que es la tarea que se les ha encomendado pero que hay un bien superior que lo justifica: el Reich, la Historia o vete tú a saber.

Las labores de Eichmann consistieron sucesivamente en encargarse primero de la emigración, después de la deportación para asentamiento en campos y finalmente la deportación para el exterminio. Y Eichmann era un hombre que hacía muy bien su trabajo; destacó en la primera fase  en su oficina de Viena, cuando montó una especie de cadena burocrática cuyo resultado final era un judío con papeles para salir del país pero despojado de todos sus bienes y derechos durante los trámites previos de cada expediente.

Más tarde su cometido fue la organización del transporte de millones de personas con destino a los campos de concentración, fundamentalmente del Este. Sé que es difícil, pero parémonos a pensar en el holocausto desde un punto de vista exclusivamente técnico. Lo complicado que debería ser obtener unos registros actualizados de todos los judíos existentes en los países ocupados o títeres; primero convocarlos, reunirlos, no detenerlos, después sí, después detenerlos, conseguir medios de transporte, coordinar desde la salida a la llegada de trenes con capacidad suficiente para las cifras previstas y que en el destino se estuviera al tanto para darles acomodo o salida. Piénsese en la gran cantidad de órganos e individuos implicados para llevar a cabo una labor tan compleja  en, no lo olvidemos, un continente en guerra, donde se supone que el esfuerzo de guerra era prioritario, por lo que se entiende aún menos detraer tantos recursos.

En la captación de judíos surgen las primeras sombras, nueva causa de  polémica. La propia colaboración de los consejos judíos de cada país con los que trataba personalmente Eichmann  para que se le proporcionara información fiable sobre el número de judíos, lo que facilitó, sin ninguna duda, el resultado final. Relacionado, el hecho de que, aparte de la rebelión del gueto de Varsovia, apenas existiera revuelta judía alguna durante su largo proceso de eliminación, la sumisión explicada a través del  polémico concepto “mentalidad de gueto”. Desde hace tiempo se venía hablando del ascendiente judío de Eichmann que aquí es puesto en tela de juicio, ya que, al final, parece ser que el supuesto experto en asuntos judíos, basaba sus conocimientos en que se había leído un par de libros sobre el movimiento sionista y comprendía el yiddish, algo ,parece ser, tampoco demasiado complicado para un alemán.

Aquí también surgen otras visiones e interpretaciones del pasado incómodas, porque aparte de la del propio pueblo judío,  se requirió la colaboración de los distintos países con Alemania. Es cuando sale a la luz el antisemitismo reinante en casi toda Europa, por mucho que se quisiera obviar tras la gran tragedia colectiva. Como los hechos demostraron,  hubo países  que pusieron trabas al cumplimiento de estas órdenes, se negaron en redondo, como el maravilloso ejemplo de Dinamarca, se hicieron los suecos –que, por cierto, acogieron a los huidos de Noruega- como los italianos, colaboraron vergonzosamente como el caso francés o polaco, o se mostraron aún más entusiastas en su antisemitismo que los propios alemanes, como los cafres de los rumanos,  cuyos métodos incluso espantaron a los SS,  ya que para éstos, el trabajo se debía hacer con método.  Lo que me lleva a uno de las escenas más espeluznantes de la guerra y puede que de la Historia, la ejecución en Babi Yar, una especie de barranco, hoy cubierto, situado en las afueras de Kiev, donde se calcula que se encuentran enterradas unas cien mil víctimas, donde  los Einsatzgruppen de Heydrich llegaron a matar en dos días a casi cincuenta mil personas a tiros, cuyo resultado da idea de la eficacia de su trabajado método. En el relato de esta terrorífica escena, se cuenta como la víctima, no solo debía colocarse al borde de la fosa sino que  tenía que bajar al fondo de la misma, donde ya reposaban multitud de cadáveres y seguir las instrucciones de un operario que le indicaba cuál era el mejor lugar de ejecución, para apilar de una forma más racional los cadáveres y que cupieran más, lo que da muestra de una frialdad y falta de piedad desoladora.

Desde chaval llevo leyendo libros sobre esta etapa y durante los últimos años, a veces pensaba en si el exterminio, la solución final, fue realmente algo premeditado desde el principio o aquello se les fue de las manos, empujado por las circunstancias, tras ir subiendo cada vez un grado más en  barbarie, impulsado por la propia dinámica de los acontecimientos y las directrices de un grupo de dementes.  Y mira por dónde, es la primera vez que he sabido de una división de opiniones dentro de la historiografía,  polémica que no sé si seguirá vigente en la actualidad, entre los “intencionalistas”  y los “funcionalistas”, según creyeran si existía el fin del exterminio desde el origen o no.
Realmente, excepto en el  Este, donde desde el principio operaban los einsatzgruppen  de que antes hablaba, matando no solo judíos,  la etapa del exterminio duró alrededor de dos años, hasta el otoño de 1944 en que Himmler, creyendo en un delirante razonamiento, que le serviría de baza en las futuras negociaciones con los vencedores,  da órdenes de parar e incluso tratar de borrar las huellas del horror, lo que, curiosamente, le provoca un conflicto íntimo a la mentalidad de burócrata de  Eichmann, no porque odie a los judíos, sino porque lo considera una excepción a la norma, que se adopta indebidamente, al margen del conocimiento del Führer.

También curioso es el hecho de que en toda la labor administrativa, no se hablara abiertamente de exterminio, asesinato y conceptos similares sino que siempre se tirara de eufemismos como reasentamiento  o solución; se entiende que  para tratar de evitar alguna forma de resistencia en los miles de personas intervinientes en el proceso.

La solución final tiene dos hitos o momentos clave:

El primero es  este histórico documento  firmado el 31 de julio de 1941 por Göring que nunca había leído y que,  a primera vista, parece un ordinario y aséptico oficio administrativo:

El Mariscal del Reich de la Gran Alemania a la atención del Jefe de la Policía de Seguridad y del SD SS-Gruppenfhürer Heydrich
Berlín
En cumplimiento de la tarea que le ha sido encomendada por el edicto de 24 de enero de 1939 para resolver la cuestión judía por medio de la migración o de la evacuación de la manera más ventajosa, dadas las condiciones actuales, le encargo que efectúe todos los preparativos, prácticos y financieros, de cara a una solución global de la cuestión judía en el ámbito de influencia alemana en Europa.
En la medida en que las competencias de otras organizaciones centrales sean concernidas, éstas deber ser implicadas.  

A esta orden de Göring, le sucederá otra fecha  clave, la conferencia de subsecretarios de Wannsee, un distrito a las afueras de Berlin, donde se dará cuenta a todos los ministerios implicados en ejecutar estas órdenes. A este reunión asiste Eichmann donde, a la vista de lo allí expuesto, vuelve a insistir en Israel, no solo en el hecho de su estricto cumplimiento de la ley sino también en su papel de buen ciudadano, ya que aquí intervienen varios exponentes de una clase social más elevada  que él respetaba y que ninguna muestra estupor o reservas manifestaron a la hora de adoptar las medidas que se llevarían a la práctica. 

Ayer se conmemoraron veinte años de la matanza de Sbrenica y, analizándola, los factores que intervienen en una tragedia de este tipo vienen a ser los mismos: a la maldad propiamente dicha de unos pocos, suele acompañarle  la cobardía o simple  estupidez de muchos otros. Sobrevolando, el principio de Hanlon: “No atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”.

El siguiente artículo, más corto, sobre “HHhH”, sobre Heydrich y su asesinato.