miércoles, 9 de diciembre de 2015

RINCÓN OESTE, 20 años en 20 segundos


20 años en 20 segundos. Castellón, Campeonato de España de 800 metros. Álvaro de Arriba, situado al final del grupo antes de encarar la recta de meta, parece haber perdido todas sus opciones de revalidar el subcampeonato de España conseguido un año antes. Ese súbito y poderoso cambio de ritmo que sus rivales aguardan, hoy no parece crédito suficiente para alcanzar la gloria en forma de medalla.

Sin embargo, sucede.

Si esto fuera una película, probablemente esos veinte segundos se ralentizarían en imágenes a cámara lenta del  espigado cuerpo y el rostro crispado de Álvaro pugnando por lo imposible mientras se alternarían fotogramas de toda su trayectoria desde niño, centrándose especialmente en los malos momentos y en las dudas que generaron, esos baches que traspasan las existencias de cualquiera, también las del triunfador, que puede que sean aún más importantes en la formación del carácter del campeón, que necesariamente ha de saber enfrentarse no solo a las inesperadas grandes tragedias, sino a las pequeñas dificultades rutinarias con la fuerza más importante, la de la tenacidad cotidiana frente a la pereza, la de la renuncia al camino fácil, siempre más tentador para cualquiera, más para un joven. Esa sucesión de imágenes comprenderían las ya aparecidas en la película, ya a punto de terminar, con el clímax de la victoria, de la redención, de la justicia como recompensa a muchos años de esfuerzo destinados a llegar a este momento. Durante el sprint final seguro aparecería otra figura familiar en la pantalla, la del mentor, la del maestro que le acompañó desde niño, que lo descubrió y lo cuidó. El que lo vio crecer como hombre y le hizo crecer como atleta hasta ser casi el mejor hoy, segura antesala del mejor mañana, que hoy casi es tan responsable como él de lo que es. 

Pero yo no hago películas, yo escribo, y mientras comienzo a ver a Álvaro arrancar encarando la línea de meta, me valdré de mis armas, mis reflexiones y palabras, para ralentizar esos veinte segundos en párrafos, no para centrarme en su figura, sino en alguna de las razones por las que hoy está aquí, jugándose un campeonato de España en un puñado de metros. Y puede que la razón de más peso sea su club de siempre, Rincón Oeste, que este 2015 ha cumplido veinte años.

Estos relatos, los del cine o los puramente contados, tienen más de efectista que de real, porque nadie resume una existencia en veinte segundos o en veinte párrafos, pero quiero pensar que sí hay algo de justicia poética en  desentrañarla en apenas unas páginas, herramientas del arte, que manejadas con pericia por el escribidor, pueden ser capaces de destilar algo de vida para encontrar la esencia de lo que sucede, de nuestras sueños, luchas o miedos.

Mi búsqueda se comprime en la respuesta a una pregunta. Pregunta formulada hace muchos años, también casi veinte, cuya respuesta fue largamente aplazada. Es la misma que le hacían a Juan Carlos Fuentes, el creador del club, cuando comenzó a dedicarle tiempo, demasiado tiempo según los demás, tardes y casi todos los fines de semana a carreras y chicos, entrenamientos y viajes. Partiendo de la base de que si alguien te pregunta  eso, la mayoría de nuestra sociedad entiende que el hombre no puede ganar algo que no sea computable en dinero, que ningún esfuerzo sirve o merece la pena en la vida si no hay compensación material, si eso que se gana no se traduce en la anotación contable de una cartilla o al menos en un titular de periódico.

Bien, ¿Merece la pena?  ¿Mereció la pena? Veinte años después es un buen momento para hacer balance y responder.

Los mismos que hicieron la pregunta en un principio, hoy no dudarían en responder que sí, ahora lo entenderían porque ahí está el currículum, el historial de éxito y medallas en campeonatos provinciales, autonómicos y nacionales para dar fe de ello. Ellos necesitan lo tangible, el éxito, la noticia, la palmada en el hombro del político, la fotografía para saber que sí, que mereció la pena.
Pero yo, como Juan Carlos, creemos que todo eso está bien, que procede que se destaque, aunque es a todas  luces evidente que, a la vista de lo conseguido, el reconocimiento público se antoja exiguo. El verdadero éxito es una escuela y un club de atletismo en el que hoy trabajan alrededor  de 75 atletas y por el que han pasado cientos más que son capaces de entender qué es el deporte de verdad –no el de los titulares de periódicos deportivos-, de cómo sus valores son aplicables a cualquier ámbito de nuestro discurrir vital, capaz de hacernos sentir más plenos.

Alguna de las personas que más admiro y envidio son los músicos, especialmente los de clásica, por su talento, sí, pero más por esa gran capacidad de trabajo, oscura e invencible, a veces casi heroica. Hace unos meses le escuché en una entrevista a la ilustre violista Isabel Villanueva, que en su mundo, sin rigor, no hay excelencia. Y algo de eso hay en el atleta serio y profesional, mucho de ello en la figura de Juan Carlos.

Ser lo que eres capaz de ser, tal vez la mejor y más fiable fuente de plenitud del ser humano. Ahí es clave la figura del entrenador como guía, casi escultor o Pigmalión, alter ego u otro yo,  para  conseguir que alguien dotado por genética, sea lo mejor que puede ser en un proceso que abarca muchos años, durante los cuales se ha de ser paciente, incluso frenar para no obtener frutos demasiado tempranos que pronto perecen, y que malogran los más valiosos, los del porvenir. Proceso en el que no basta con conocer y trabajar las condiciones físicas, sino también las mentales y hasta las que podíamos llamar espirituales. Porque el anhelo, el ansia de perfección, que es algo informe, una pulsión desordenada, ha de encauzarse a través de un plan y un método. Crear un camino lleno de huellas, en el que cada una de ellas, es el recuerdo del castigo del propio cuerpo, capaz de habituarse, de soportarlo y, tras la necesaria reparación del descanso, regresar hasta el umbral del dolor, soportarlo, traspasarlo y llevarlo un poco más allá. El entrenamiento como búsqueda de los límites. Algo de asceta tiene el atleta, no solo de forma figurada, ya que como escribe Ortega y Gasset: ”Recuérdese que la más exacta traducción del vocablo “ascetismo” es “ejercicio de entrenamiento”, y los monjes no han hecho sino tomarlo del vocabulario deportivo usado por los atletas griegos. “Askesis” era el régimen de vida del atleta, lleno de ejercicios y privaciones”. “Hay quien no siente vivir si no es a máxima tensión de sus capacidades. Sólo le cabe el peligro y la dificultad. La existencia no tiene para él sentido si no es ascensión de lo menos a lo más perfecto”.

Hablo de rigor, y puede que Juan Carlos sea una de las personas más rigurosas y serias en su ámbito. Esa seriedad implica que trabajando con niños, paradójicamente se exige falta de seriedad, en un mundo que se contamina del sentir general, del afán y ambición sin medida, donde, vuelvo a insistir, es fácil trabajar con un niño como con un adulto, exprimiéndolo para obtener resultados demasiado rápidos, probablemente más tarde frustrados y frustrantes para los protagonistas.

En la Escuela de Atletismo de Rincón Oeste los niños de seis a once años, básicamente juegan, no más de lo que debe hacer un niño a su edad. Correr y saltar,  inherentes formas de expresión torrencial y desmedida. Así, bajo la experta y atenta mirada de Estela, los niños, sin apenas enterarse, adquieren destrezas y condición física, se desarrollan para que en el futuro, ya propiamente en el club, se elija la disciplina para trabajar de forma específica con chicos más formados.

Ese rigor aquí no se traduce por exigencia,  ese rigor necesariamente ha de ser lo contrario: libertad o apariencia de libertad, control invisible de una escena representada en un pabellón atestado de gritos y risas en los que un grupo de niños se enreda entre colchonetas, balones o combas, aparatos que yo odiaba de crío, cuando nos tocó lidiar con una concepción del deporte malsana en aquellas temibles clases de gimnasia y que hoy aseguran que estos niños, cuando lleguen a adultos, atesoren un recuerdo muy distinto. Detrás de ese caos aparente, del loco guirigay que componen cuarenta niños a la carrera, hay un método, que encarna una Estela cronómetro en mano,  secuenciando sesión, decidiendo tiempos de estiramientos, de calentamiento dinámico, de clásicos juegos como el “pilla-pilla”, de técnica de carrera, de salto de altura con gomas, de habilidades y ejercicios básicos como skipping o carrera hacia atrás. Así, sin enterarse, el cuerpo en formación de esos niños se irá transformando, afinándose, afirmándose.


 

Viendo a esos niños, observando alguna mirada perdida, se vislumbra la inseguridad de algunos frente a la seguridad del que se siente fuerte ya debido a un desarrollo más precoz o a mejores condiciones. En ello están, en el crecer, en acelerar, en guiar el proceso del paso de la inseguridad a la seguridad, a la que llegarán antes o después. La impaciencia de la edad les hace imposible conocer que las destrezas se tardan en adquirir, que no es un estado, que no eres lento o rápido, ágil o torpe; que vendrá un día en que todos lleguen a unos mínimos. Que el que mira con envidia al que salta con suficiencia, está en camino y también lo logrará. Tras la sesión, después del juego, progresiones para transferir, lo que, viene a significar entrenar atletismo sin ser consciente de ello.

Estela construye la base para que los niños y niñas, cuando salgan de sus manos y pasen al club, ya bajo la dirección de Juan Carlos, estén plenamente coordinados, y realicen cada ejercicio correctamente, con buenas posturas, asimilados ya conceptos básicos en la práctica deportiva como el calentamiento, el estiramiento o comprendan en qué consiste el entrenamiento.

Otro de los objetivos a conseguir, igual de importante, es la sociabilidad, que los niños aprendan a relacionarse, evitar que se junten en grupos o grupitos. Todos hemos sido niños; los hay tímidos, de desarrollo más precoz o tardío, de diferente carácter, los que se distraen con más facilidad. El atletismo como instrumento de integración.

Un club de base, una escuela de atletismo en Ciudad Rodrigo desde 2001 con identidad y funcionamiento propio, con un uniforme –recuerdo el inocente orgullo de mis primeras camisetas de equipo de baloncesto- y un nombre que acoge a todos y que, en principio, participa en cualquier competición, aunque en Ciudad Rodrigo no existen juegos escolares, sí se compite habitualmente en carreras de campo a través, atletismo en pista o jornada de atletismo divertido a nivel provincial, además de alguna otra prueba local, donde se trata de transmitir que ganar está fenomenal, pero que nunca ha de ser lo más importante. 

Es un periodo de transición, cuerpos en construcción, en camino a lograr su mejor versión. A los 12 años se da un nuevo paso en el aprendizaje, de un proceso lúdico al de la iniciación al entrenamiento, en el que se encadenan Escuela-Club-Vida; donde se transmiten unos valores como la disciplina, el sacrificio, la humildad –no en vano, uno de los atletas favoritos de Juan Carlos es Fermín Cacho, no solo por palmarés- o el rigor cara a alcanzar una meta, algo válido y valioso para cualquier campeón fuera de las pistas, en la carrera más dura de todas, la de la propia la vida.

El club es un mundo distinto. Ya Estela y Juan Carlos, ojos habituados, desde el principio aprecian las cualidades de cada niño cara a su futura elección de disciplina, donde ya se pondrá en práctica el trabajo específico que demanda cada una. La escuela es una forma de construir los cimientos que se desarrollarán en el futuro,  en función de muchos más factores que el simple talento, en edades complicadas, no hay que olvidarlo.

Observando la desoladora pista donde trabajan es imposible no asociar la escena a la tradición del atletismo castellano, la de recios hombres solitarios peleando contra el tiempo y la distancia –que es al final el atletismo-, por infinitos campos castellanos de inalcanzable horizonte,  sin que  las circunstancias y el escenario faciliten la aventura, pues ni el inclemente clima, ni los útiles o instalaciones son los más adecuados para encarar naturalmente el camino más recto para ser el mejor, o al menos el mejor que cada uno puede ser, que ya es mucho.

Tendemos a pensar que precisamente contar con una pista de tartán descarnada en estado ciertamente comatoso, unos vestuarios más del XX que del XXI o unas máquinas que parecen retrotraernos a una España de hace 50 años, al final puede ser hasta beneficioso, porque convertirá en más duro al atleta, cuyo objetivo es ser más fuerte y resistente que los demás, que esos obstáculos añadidos por una realidad rural castellana en proceso de desmantelamiento, al final representan un estímulo, un acicate, un plus cara a alcanzar la invulnerabilidad ante las circunstancias. Pero seamos serios, se trata de una suerte de componente legendario del que nos gusta tirar para convivir con lo inevitable, con lo que nos vuelve a tocar aportar algo más de reconocimiento a toda esa ristra de campeones y puestos de honor a pesar de tercas realidades en contra. Al final todo el castillo de naipes, todos los éxitos dependen del trabajo y empuje de una sola persona, como tantas veces en nuestra sociedad, lo que no deja de resultar entre admirable e inquietante.

El club es otro estadio. Cuerpos en esa etapa crucial que es la adolescencia en viaje lanzado hacia la perfección, la de sus cuerpos a la caza de la fuerza que proporciona el desarrollo muscular, también la resistencia o la velocidad para alcanzar el máximo en la la disciplina que ejecutan.

Resulta evidente la exigente y depurada técnica que requiere el salto de altura o longitud, el triple salto, las vallas o el lanzamiento, pero a la mayoría le sorprendería descubrir que algo que se nos antoja tan básico como correr, es extremadamente técnico, que requiere de un trabajo que no cesa para mantener la ortodoxia. Aunque todos conocemos grandes campeones cuyo correr ni de lejos era perfecto, como Michael Johnson o Emil Zátopek, aquí se tiende a la perfección y la perfección es, por principio y en esencia, belleza; es un cuerpo suspendido en el aire, lanzado hacia el futuro, contra el tiempo, marcado por el ritmo de metrónomo que marca el leve y fugaz apoyo del pie sobre el mullido tartán. Es tratar de mantener ese volar lo más posible sabiendo que es imposible, que lo que parece fácil de inicio precede a lo complicado y a la crispación final de la voluntad sobre las posibilidades del propio cuerpo, cuando la fuerza se ha esfumado y la armonía es un mero recuerdo, ordenarle lo que no cabe para tratar de llegar más lejos, cada nueva incursión algo más allá, hasta la misma excelencia del músico. En el atletismo esa excelencia es objetiva o no es, no ha lugar a engaño o subterfugio. El atleta, una distancia o longitud y el tiempo como severo juez de veredicto inapelable.

Una temporada que comienza el 1 de noviembre y acaba el 31 de octubre, con picos a principios de verano -además de los correspondientes en invierno con el campo a través y la pista cubierta, que parece será realidad próximamente en Salamanca- en la que chicos que parecen sanos, no sólo físicamente, sino también “espiritualmente”, compaginan estudios (en general buenos estudiantes), con entrenamientos. Lamentablemente en estos tiempos las posibilidades de becas para deportistas  se han reducido, con lo que hay menos asideros o puentes para que las perlas en estado embrionario, a las que también se les exige acertadamente un mínimo de resultados académicos, se desarrollen y, en su caso, eclosionen.  Cuenta Juan Carlos que en su deporte, durante el transcurso de estos veinte años, sí ha notado un leve cambio en la mentalidad de los chavales de hoy que, como espejo de nuestra sociedad, reflejan cierto desapego con el valor de lo que se tiene, pero eso nos pasa a todos, hechos a tener demasiado que no necesitamos, acostumbrados a oír sin escuchar las lecciones de nuestros mayores, cuando vivieron tiempos despiadados, escuela de vida donde todo se apreciaba en su justa medida.

Estos chicos, mientras entrenan, hablan con los términos propios de su jerga, plagada de números sin complemento, que representan una realidad que solo comprenden los iniciados: “un 250”, “un 1.25”, a “3.35”, tras duras series e intervalos donde se alteran intensidad y recuperación.

La jornada de trabajo es seria pero relajada. El atletismo, la preparación de las puestas de largo en competición oficial con jueces y resultados, el cotidiano trabajo para ser el mejor posible en la cita, no es divertido como lo puede ser un partidillo de fútbol o baloncesto, antes del partido de liga oficial, tras el trabajo puramente técnico o estratégico. Esa aridez del trabajo diario necesariamente ha de contribuir a la forja del especial carácter del atleta.

Entre 45 licencias federativas de jóvenes, en un deporte duro, número siempre en progresión, son una importante excepción, como todos los chicos que practican cualquier deporte, frente a esa lacra que  amenaza latente, la del sedentarismo de una chavalería menos habituada que nunca a jugar, a levantarse del sofá, a alejarse de pantallas esclavizantes.

Mientras converso con Juan Carlos junto a la pista, mientras corrige gestos a los chavales en la toma de una curva o en el segundo paso de un salto, defectos que escapan a mi ojo inexperto, me habla del escaso reconocimiento social e institucional a las gestas de unos chavales, que algo hay de triste en acostumbrarse a tener campeones autonómicos, como si nacieran por generación espontánea, como si no hubieran de seleccionarse, cultivarse y trabajar, sobre todo trabajar, para después merecer mayor gratitud y cariño.

Hubo un momento en que el club necesitaba crecer, exigía una nueva fase, lo que provocó el desplazamiento de su centro de Sancti Spiritus, creando escuelas en otras localidades (como Ciudad Rodrigo en 2001, La Fuente de San Esteban en 2003 y Vitigudino en 2011), abriendo la vía que Juan Carlos detectaba, el necesario crecimiento y la posibilidad de recepción de nuevos integrantes.  Fue un poco porque sí, porque era lo que tocaba en su desarrollo natural, como lo fue el propio nacimiento del club, que fue el lógico paso siguiente a todos aquellos chavales que Juan Carlos comenzó entrenado en varios deportes, ninguno atletismo, simplemente porque le gustaba el deporte, y tenía ese don algo innato para manejar y liderar grupos y tratar con chavales con ambas manos: la firme y la suave.  Participaciones ocasionales en carreras demostraron a propios y extraños que sus jugadores eran mejor que muchos corredores. Como contaba, el siguiente paso era obligado, el de crear un club de atletismo, con posteriores momentos decisivos, como el de rechazar la integración en clubes más grandes y asentados de Salamanca.

Detrás de un proyecto que abarca tantos años, necesariamente se ha de alojar una gran pasión, firme cimiento que puede ser suficiente para el primer arreón, no para el propósito serio de largo alcance. Esa ilusión fue tejiéndose y adquiriendo más firmeza con los mimbres del conocimiento y del estudio orientado pero libre, del autodidacta que sí, hoy luce las mayores titulaciones nacionales en el campo de estudio del atletismo, pero que imagino no olvida el método de antaño, el mejor jamás inventado: el del ensayo – error. Capaz de autocuestionarse desde su experiencia para llegar al camino hoy plenamente contrastado en una trayectoria reconocida no solo por los logros deportivos, sino a través de su colaboración con los estamentos deportivos que cuentan habitualmente con Juan Carlos para jornadas técnicas, cursos y organización de campeonatos. Un mundo, el del entrenamiento, en el que no es fácil encontrar la tecla y donde ni mucho menos está garantizado que un buen atleta llegue a ser en el futuro un buen entrenador, oficios bien distintos. Sobre sus herramientas, Juan Carlos se vale de las nuevas armas de la tecnología lo justo, siendo su preferido el trabajo de campo, el que realmente da y quita.

Hoy Rincón Oeste viene  a ser un crisol en el que convergen los variados ámbitos que integran la escena atlética: el deporte de base,  el atletismo en formación, el deporte profesional y el popular, hoy tan en boga.

Sobre el deporte profesional, con cierta mala prensa últimamente, comparto opinión con Juan Carlos, que diagnostica se halla en un periodo de transición, al borde de un mundo distinto donde puede que todavía salga mucha mierda, purga necesaria para que el enfermo se recupere, cercenando miembros enfermos, que harán crecer más fuerte el deporte limpio que amamos, el que se transmite sin matiz desde Rincón Oeste,  el que solo merece ese nombre, donde nunca el fin puede justificar los medios y donde yo pienso que puede que la opinión pública haya comprendido que su papel no ha de ser el de ponerse en guardia ante lo que siempre se interiorizaba como ataques injustificados, más que en predisposición para tratar de saber lo trascendental: la verdad. Porque, al final, Juan Carlos considera que las trampas no sirven más que para hacer más grande al decente, al noble, a ellos mismos. Cuando habla sobre el tema, mezcla dos palabras antagónicas: pesimismo e ilusión, por lo que ha de venir a corto y largo plazo respectivamente, de las que saldrá algo mejor, seguro.

Del otro hilo que señalaba, el del deporte popular, el club también se ha nutrido, como España entera, de esta última fiebre por la carrera, siendo muchos los corredores de todas las edades a los que se asesora en sus entrenamientos. Es un mundo del que me siento parte, aunque mi experiencia data casi de los albores de esta locura, con casi la misma edad en recuerdos que Rincón Oeste. Aquí igualmente, tanto él como yo, vemos mucho positivo pero también mucho que no nos gusta, que bien podría resumirse en la inconsciencia, irresponsabilidad o pose que en algo también viene a pervertir el mismo concepto de deporte como actividad paciente, templada y hasta lógica.

El club es pequeño y tiene las limitaciones de un club de pueblo, donde las instalaciones, como antes señalaba, son las que son, pero que además no fija población, con lo que no es raro que algunos chavales acaben marchando a estudiar o trabajar a otra parte, o simplemente elegir otras vías para desarrollarse como atletas. En esos casos, en la voz  y mirada de Juan Carlos, se mezcla el orgullo del artesano que hace bien su trabajo, que deja un atleta sabio y bien formado, con la inevitable añoranza. De su saber hacer, valga otra muestra destacable: la de que a pesar de que la carrera o el fondo es su suerte favorita, no existe especialización alguna dentro del club, abarcándose todas las disciplinas y logrando menciones y éxitos en varias que poco tienen que ver, como los lanzamientos o el salto, digno de mérito sobre todo cuando se llega a determinados niveles de máxima competitividad, donde el entrenador especialista casi se supone.

Lo habéis olvidado, pero muchas palabras después, Álvaro de Arriba continúa corriendo, y en apenas dos zancadas, revalidará su subcampeonato de España absoluto. Puede que entiendas que esa ha de ser la respuesta a la pregunta que formulaba al principio del artículo, que valió la pena hipotecar casi todos los fines de semana de la vida de Juan Carlos y Estela para otro éxito de los de campanillas. Me vale esa respuesta, claro, ya que evidentemente es un logro de altura, aunque creo que sería más correcto rastrearla en todas las razones que se enumeran a lo largo de estas páginas. Mereció la pena siempre, porque a pesar de los momentos bajos en forma de inevitables ingratitudes, roces o malentendidos, fue una buena forma de afrontar la vida la de ayudar a construir otras, porque quizá la razón fundamental es que ésta sigue existiendo. 

Otra razón podría ser también el intimidante gran reto del próximo año, el de clasificar a Álvaro para los Juegos Olímpicos de Río. Espero y confío que lo conseguirán, pero no hay que olvidar que la preparación de un  atleta de élite es vivir en el filo, cuando la afinación es tan precisa, tan cercana al eventual contratiempo en forma de lesión o simple error, capaz de echar al traste el trabajo de todo un año, que se ha de ser consciente de que el éxito depende de muchos más factores de los controlables realmente.

Se consiga o no, no hay que olvidar que la gran aportación de este club es el trabajo con niños y mayores que nunca soñarán con correr  en una pista repleta de espectadores y a los que nunca le pedirán una entrevista; es el transmitir el amor por el deporte como  elemento enriquecedor y hasta vertebrador de existencias, como casi una forma de vida. 

Pero este último párrafo no son más que trampas y arabescos de escritor, por lo que le pido a Juan Carlos que me responda de forma rápida a la pregunta de si ha merecido la pena y me responde que por supuesto, sobre todo porque hoy tiene más ilusión que nunca. Quién no firmaría esa declaración vital cada día, tras veinte años de dedicación. 

Una última pregunta: ¿Por qué atletismo? Juan Carlos, contundente: “Porque es la base de la vida”. 

Yo entiendo la respuesta, no sé si la entiendes tú.

*El artículo se centra en dos nombres: Estela y Juan Carlos, pero ambos aludieron a muchas personas, con o sin nombre, que a lo largo de estos 20 años hicieron y hacen posible esta encomiable cadena de recuerdos: entrenadores y monitores auxiliares, muchos padres que echaron la mano en tantos viajes de fin de semana,  voluntarios en la organización de carreras y claro, cada uno de esos niños hombres que forman parte o un día se pusieron la camiseta azul de los de Santis o de  la que desde hace tiempo es la del Club de Atletismo Rincón Oeste, el que poco a poco fue abriéndose fronteras para hoy aglutinar a deportistas en todo el territorio nacional.