viernes, 20 de julio de 2012

Festival de blues de Béjar, el reflejo del pantano


Es Béjar, es montaña. Es Béjar, es La Alquitara, es criterio y buen gusto. Tristemente algo que debería ser la norma, es la excepción. Hay muchas músicas, unas me interesan, otras no. Sin embargo, sin esfuerzo trazo la  línea que separa propuestas válidas o legítimas con trasfondo real de la pura basura prefabricada, congelada y sin alma que se escucha en ese hilo musical permanente que nos rodea por doquier, desde el supermercado hasta la consulta del dentista. Esta sobreexposición podría significar lo contrario pero,  hoy por hoy, en un país como el nuestro,  no implica más que  la banalización y falta de respeto por el arte que más me conmueve.


En Béjar, nuestra ciudad hermana, cada Julio celebran desde hace más de una década su festival de blues. Un pequeño milagro que, imagino,  fueron construyendo a partir de la nada, en una suerte de aventura alocada, solo apta para tripulantes arrojados y convencidos. Hoy, para calentar motores, organizan un taller de armónica para niños, dato que podría parecer  anecdótico pero que me parece más relevante que cualquier porcentaje de audiencia o cifra de asistencia. Por algo un tipo con la clase y el criterio de Elliot Murphy, cuando abandona París para sus giras, suele guardar un hueco para esta pequeña ciudad montañera. 

En el festival, partiendo de la raíz común del blues, las bandas se enredan en palos bastardos, el que practicaban  blancos de lejanas y verdes islas del norte fascinados por las aguas del delta, el que transmite el soul más cachondo. Su nota común, el respecto por el buen hacer y por el sentimiento sincero que siempre ha de transmitir cualquier música honesta. 

Veneración por sonidos que quedaron atrás, que ya no son portada, que solo son objeto de sesudos estudios por parte de sus seguidores más aplicados o de artículos de sección de cultura de periódicos serios, como si esas músicas que fueron el vehículo de expresión del dolor o violenta arma con la que antaño se rompían las barreras más altas, las invisibles,  yacieran amortajadas en galerías de bibliotecas de acristaladas.


Sin embargo, basta colocarse en primera fila de un concierto como el del sábado y sentir la fuerza de esos tornados, esos músicos prodigiosos, para siempre injustamente valorados, gargantas a la altura de Janis, ecos de cuatro cuerdas de bandas legendarias para crecer y hacer crecer en un rito de retroalimentación tan ajado como lozano.



Esos blues que tantas veces escuché en mis habitaciones, "Manish Boy", "Hoochie Coochie Man", "I Got a Woman", "Got My Mojo Workin" , el "Helter Skelter" de los Beatles menos Beatles, el riff más poderoso   del rock, "Whole Lotta Love" , un "People Get Ready" tan adecuado para las circunstancias que nos toca padecer, un clásico de Rory me sirve para aceptar mi fosilización y aguantar toda la tierra que quieran arrojarme encima. Desde el estrato más profundo, seguiremos guardando el secreto más valioso, el de la música que solo transmite verdad.  

Vale.