viernes, 28 de noviembre de 2014

Primera persona del plural


 
El hombre no solo necesita al otro, necesita al grupo, necesita sentirse parte de algo, quiere se le acoja bajo el manto de una bandera, un nombre, unas siglas cuyas señas de identidad  han de ser inmaculadas, testimonio de su fortaleza, la de él,  la del grupo, sea un equipo, un partido,  un país, un credo, al fin. 

Solo el individuo tiene capacidad para ser responsable; la organización, como tal, no dispone de esa facultad ya que en los mecanismos de formación de su voz y voluntad, siempre se encuentra el hombre. Sin embargo, asumiendo la ficción de la personalidad del grupo, cuando este exonera de responsabilidad al culpable u oculta conductas punibles buscando un fin que es reconocido, tácita o expresamente, como superior, sea el del grupo o el de la sociedad entera, o la simple perpetuación de su poder, no solamente se convierte en una conducta siempre reprobable éticamente, a veces penalmente, sino que todo ese proceso implica  un error de comprensión, una interpretación equivocada del instinto de supervivencia aplicado al colectivo.

El error de base es el de creer que la fuerza del grupo, de la asociación, de la institución u organización descansa en la imagen que se proyecta, no en la realidad, pero los hechos son tozudos y se engañe o no al otro, la falla sigue estando ahí. Dada la sobreexposición actual, el ruido de fondo que no cesa, quizá solo se busque la artera confusión de voces, casi todas militantes, casi todas interesadas. Nos basta con defender  nuestra verdad, no la verdad. Pero la realidad siempre llegará para cobrar deudas, y siempre con intereses.

Es entonces cuando a veces se rompen las costuras y se pretende cumplir con el deber, con nuestra responsabilidad, siempre gritando muy alto, claro. Es ahí cuando nos toca asistir al espectáculo de lo grotesco, como el de un arzobispo sustituyendo su deber  con las víctimas de lo aberrante, contraviniendo sus normas y mensaje, por un gesto que ahora solo puede sonar vacío, el de humillarse antes el altar. O al espectáculo de lo descacharrante como la comparecencia de toda  una abogada del Estado disertando sobre contratos en diferido, para siempre en la antología del disparate.  Al espectáculo de lo  esperpéntico, tal que la dimisión menos dimisionaria que se haya presenciado, con en el mamarracho de show de Magdalena Álvarez atizando rabiosa, esquivando razones y al mismo sentido común. Al espectáculo de lo triste en esas defensas por encima del bien y el mal a algún deportista español tramposo porque sí, porque es español y nosotros lo valemos, en lugar tratar de castigar y evitar comportamientos que ningún triunfo puede justificar. 

En Alemania han dimitido ministros y hasta un Jefe de Estado por motivos que, dado nuestro creciente umbral de lo tolerable, aquí apenas serían noticia. Aquí una ministra ha estado a punto de aguantar una legislatura entera sabiéndose sin lugar a dudas que se había beneficiado de una red corrupta; el hecho de que lo supiera o no debería ser irrelevante si hablamos de su idoneidad para ocupar un ministerio.

El vendaval que ya sopla, que retumba a lo lejos y  amenaza con hacer saltar todo por los aires en noviembre debiera tomar nota y no actuar tirando del manual de siempre, como se ha hecho en el tema Errejón porque al final, la verdad es que yo, dado lo intercambiable de actitudes y argumentos, no sabía si estábamos hablando de los viajes de Monago o de un beca, y me quedo sin saber a qué coño iba Monago a Canarias –nunca mejor dicho-, o si Errejón hacía algo más en la universidad aparte de trincar pasta.

Todos sabemos que dentro de las organizaciones siempre hay miembros “díscolos” que reniegan de este proceder, que protestan, pero  no nos engañemos, se ve mal al que disiente de la respuesta oficial. Al final creo que todo viene de esa tara atávica de nuestra democracia: la de mal tolerar al que opina distinto, al ajeno por obtuso, al propio por traidor; siempre tan prestos a tirar de drama y por la tremenda, cuando la exposición de ideas distintas sobre asuntos públicos entre ciudadanos, debiera ser el humus normal en el que se desarrollase una democracia seria, civilizada, fuerte.   

Si partimos de corromper en su acepción de pudrir, en un organismo vivo, el  miembro que es –la mancha- o pudiera ser  -la sombra- huero, ha de ser extirpado para adaptarse y seguir adelante más fuerte y capaz. Y ese proceso se ha de hacer sin alboroto y en silencio porque no cabe otra, porque ser voz y mando de la ciudadanía requiere integridad absoluta para ser legítima.

Sé que no es fácil, más partiendo de donde partimos. Se ha de ser valiente para renunciar al compañero, para criticarlo, para apartarlo. Puede que de ahí mi falta de fe, mi cobardía, mi incapacidad para formar parte de organización alguna salvo un pintoresco club deportivo sin actas, registros o cuotas.

Vale.