sábado, 29 de octubre de 2016

Mi mente y yo, mi mente o yo

 
Comparto varios textos de un estupendo artículo de Israel Mañas, leído en un curso de mindfulness, sobre el uso de esta técnica de meditación en piscología clínica. Llevo ya un par de años practicando y leyendo sobre este y otros temas cercanos, más de lo que se pudiera pensar a priori, desde la mística al sufismo, del wabi-sabi al budismo y taoísmo, o el estoicismo.

"La más bella y profunda emoción que nos es dado sentir es la sensación de lo místico. Ella es la que
genera toda verdadera ciencia. El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto. Saber que aquello que para nosotros es
impenetrable realmente existe, que se manifiesta como la más alta sabiduría y la más radiante belleza,
sobre la cual nuestras embotadas facultades sólo pueden comprender en sus formas más primitivas. Ese conocimiento, esa sensación, es la verdadera religión".
(Albert Einstein)


«La mayoría de la gente está tan completamente identificada con la voz de su cabeza –el torrente incesante de pensamiento involuntario y compulsivo y las emociones que lo acompañan- que podríamos describirla como poseída por su mente. Cuando eres completamente inconsciente de esto, crees que el pensador eres tú. Eso es la mente egótica. La llamamos egótica porque hay un sentido del yo (ego) en cada pensamiento, en cada recuerdo, interpretación, opinión, punto de vista, reacción, emoción. En términos espirituales, esto es la inconsciencia»

«La mente es un instrumento soberbio si se usa correctamente. Sin embargo, si se usa incorrectamente se vuelve muy destructiva. Para decirlo con más precisión, no se trata tanto de que usas la mente equivocadamente: generalmente no la usas en absoluto, sino que ella te usa a ti. Esa es la enfermedad. Crees que tú eres tu mente. Ese es el engaño. El instrumento se ha apoderado de ti». (Eckhart Tolle)


«Casi todo el mundo está alterado, y en la alteración el hombre pierde su atributo más esencial: la posibilidad de meditar, de recogerse dentro de sí mismo para ponerse consigo mismo de acuerdo y precisarse qué es lo que cree, lo que de verdad estima y lo que de verdad detesta. La alteración le obnubila, le ciega, le obliga a actuar mecánicamente en un frenético sonambulismo». Más adelante, estableciendo paralelismos y diferencias entre el ser humano y el animal indica: «La bestia, en efecto vive en perpetuo miedo del mundo, y a la vez, en perpetuo apetito de las cosas que en él hay que en él aparecen, un apetito indomable que se dispara también sin freno ni inhibición posibles, lo mismo que el pavor. En uno y otro caso son los objetos y acaecimientos del contorno quienes gobiernan la vida del animal, le traen y le llevan como una marioneta. El no rige su existencia, no vive desde sí mismo, sino que está siempre atento a lo que pasa fuera de él, a lo otro que él. Nuestro vocablo otro no es sino el latino alter. Decir, pues que el animal no vive desde sí mismo sino desde lo otro, traído y llevado y tiranizado por lo otro, equivale a decir que el animal vive siempre alterado, enajenado, que su vida es constitutiva alteración». […] «Pero con esta diferencia esencial: que el hombre puede, de
cuando en cuando, suspender su ocupación directa con las cosas, desasirse de su derredor,
desentenderse de él, y sometiendo su facultad de atender a una torsión radical –incomprensible
zoológicamente–, volverse, por decirlo así, de espaldas al mundo y meterse dentro de sí, atender
a su propia intimidad o, lo que es igual, ocuparse de sí mismo y no de lo otro, de las cosas».

(Ortega y Gasset)

«El estado de la mente ordinaria engendra sufrimiento. La mente es conflictiva,
voraz, insatisfecha. Su signo es el de la confusión. Es inestable, confusa. A menudo es
víctima de sus propias contradicciones, su ofuscación, su avidez y su aversión. Está
empeñada por la ignorancia, la división. Ha recreado durante años una enrarecida
atmósfera de miedo, paranoia, hostilidad y egocentrismo. En ella arraigan venenos como
el odio, los celos, la envidia y tantos otros. No es una mente bella. A veces hemos hecho
de nuestra mente un verdadero estercolero. Limpiamos minuciosamente el cuerpo, pero
tenemos la mente en el abandono. Una mente confusa genera confusión; una mente
agresiva produce agresividad. Si la mente es el fundamento de todo, como
acertadamente declaraba Buda, según sea la calidad de la mente así será lo que resulte de
ella. En una mente competitiva, ofuscada, condicionada por la insatisfactoriedad, no
puede haber compasión. Una mente así ni siquiera puede cooperar provechosamente. Es
una mente que se debate en su propia zozobra. Tal es la mente propia de la mayoría de
los seres humanos. Una mente en desorden, sin frescura, sin inocencia, sin vitalidad. Una
mente así crea desamor, hostilidad, confusión sobre la confusión y ansiedad sobre la
ansiedad. Asentada sobre sus condicionamientos limitadores, salpicada de
contaminaciones, estrecha por hábitos coagulados, llena de obstrucciones, etc., una
mente tal carece de claridad, de apertura, de provechosa creatividad. Los enfoques que
se derivan de una mente en tales condiciones tienen que ser forzosamente erróneos y
perjudiciales. Este tipo de mente es nocivo para uno mismo y para los demás, genera
violencia sin límite, y desde luego, es inservible para la real búsqueda interior y la
evolución consciente» 

(Ramiro Calle)