viernes, 10 de febrero de 2012

Nadadora


Un regalo de cumpleaños para una amiga muy especial, para “el peso pluma ganando el título de los pesados en el Madison.”
(La Susana del texto no está inspirada en ella. Es ella)
Feliz cumpleaños, Susa.
(Ilustrando su cuadro favorito)


"NADADORA"

“Naces solo. Mueres solo. El resto, bien podía ser un lento y denso discurrir entre cañerías, bien el milagroso fluir de un río entre  orillas arboladas”.

Sentado frente a la mesa de su habitación, Alberto hojeaba las páginas de aquel triste y previsible diario juvenil. Había escrito ese párrafo  unos días después de conocer a Susana. Antes no hubiera existido segunda opción. Ese segundo camino lo había aportado ella, lo había marcado su sonrisa. Hasta entonces, él caminaba frente a escaparates. Tras los cristales,  existencias de neón, pavesas en hogueras de felicidad. Mal encarado y resentido,  las rechazaba como falsas,  creía que le molestaban pero lo cierto era que le intimidaban, incluso a veces  le quemaban, aunque sólo fuera esa leve punzada de una chispa.  Por ello intuía que detrás de ese asfixiante círculo de llamas en que también ardía y que se tornaba más impenetrable con el tiempo, había algo más que se le había escapado.   Aunque siempre acababa por reconocer su vida como cañería atascada, maloliente y sin remedio, cuando tenía la guardia baja, se sinceraba y sabía que no siempre fue así. Sin embargo, no era capaz de recordar el día a partir del cual comenzó a pensar de esa forma o en definitiva a sentirse asustado.

“Las piezas ahora no encajan. Cuando eres niño, las piezas de lego encajan. A veces  hay que apretarlas y es entonces cuando apenas se nota la fisura. Tan sólidas como bloques fabricados en molde. Te regalan un barco,  si tienes suerte, quizás  un portaviones. Lo construyes cinco, diez veces. Más tarde mezclas todas las piezas que has ido acumulando con el tiempo y pasas a probar a caminar solo, pasas a inventar, te olvidas del plano, del diseño original y exploras y construyes nuevos barcos o extrañas naves aún por inventar, pendientes aún de nombrar. Pasan los años y se acaban las ideas. Todo el juego se vuelve aburrido. Crecer es una mierda. El tiempo sólo sirve para empeorarlo todo. Todas las piezas permanecen rotas o forzadas y apretadas tantas veces que ya no son capaces de sostener ni muro, ni idea, ni proyecto. Entonces las metes en una bolsa de supermercado y te olvidas de ellas. Después de estar años en una caja debajo de tu cama, un día las metes en el maletero del coche de tu padre porque en su casa hay más sitio. Tal vez por eso él se marchó hace tantos años de la nuestra”.

La conoció una tarde nadando en la piscina. Aunque cada vez más esporádicamente, a Alberto todavía le gustaba nadar unos largos. De niño competía en natación y era de lo poco que no había perdido por el camino. Más tarde pensó en  aquel día, entonces no lo supo expresar pero más tarde lo escribió. Vio que a través de sus ojos se veía su corazón y era tan grande, azul y transparente como el agua de la piscina que la envolvía.

“Las vidas son  como folios en blanco.  Todos las llenamos de palabras y las comenzamos a doblar al modo de los aficionados a la papiroflexia. Sí, al comienzo todos parecemos expertos, miramos como expertos, actuamos con la decisión que creemos en expertos  pero llega un día en que te das cuenta de que, mientras hay muchos alrededor que han construido hermosas mariposas o barcos, sombreros o aviones, lo que tú traes entre manos no tiene visos de convertirse en algo digno de asombro, con cierta utilidad o ni siquiera de término conocido. Tratas entonces de desdoblar el folio, alisarlo y comenzar de nuevo pero el tiempo pasa y los intentos cada vez son más complicados porque el folio se llena de dobleces y es difícil seguir otro camino. El papel se arruga y es entonces cuando eres consciente de que ya no podrás conseguir esas superficies que buscas y envidias en tus compañeros. Cada vez más desanimado, constatas que tú nunca  harás nada de mérito. Además de los expertos, a tu alrededor también ves a los que ya sólo utilizan los folios para arrojarse bolas de papel que incluso a veces caen en el agua y se empapan. Es entonces cuando aparecen encargados de la limpieza que pasan a llevárselas a lugares cerrados. Aparte. Nosotros aquí, vosotross allí. Son folios,  vidas que molestan, que estorban.”

Susana también lleva uniforme de empleada pública pero no se encarga de recoger  bolas de papel. Ella lee los contadores de  las casas. En alguna ocasión la había visto en el portal.  Oculta tras su larga melena lisa y con gesto serio, anotaba las cifras de cada vivienda. Alberto nunca había tenido muy claro para quién trabajaba, si lo suyo era el agua, la electricidad o el gas. Al percatarse de la presencia de un vecino,  ella se giraba y saludaba con gracia, utilizando esas dos palabras gastadas–“¡Buenos días!”- con tanta fuerza como si por una vez,  realmente encarnaran ese sincero deseo de lo mejor para ti.

“La vida funciona bajo la dictadura de un ritmo sincopado, lento impasse  durante la semana finalmente resuelto  por un demoledor y atronador “beat”  cada viernes por la tarde, día en que llega la evasión, en que el alcohol, las drogas o el sexo muerto con chicas que no amas, que hasta  desprecias, te hacen  socavar la vida real por unas horas, para volver una  agonizante tarde del domingo s aún más asqueado y solo”.

Pero esa cadencia vital se había comenzado a  alterar en su vida. Arritmias. Unas semanas después, una noche en un bar, la volvió a ver. Apenas hablaron, no por falta de interés como era habitual en él cuando se relacionaba con los demás, sino debido a una impresión nueva. No estaba a la altura. Recordaba todo lo que le contó. El retrato de un regusto por la vida que ella rebañaba con gula. Cuando pintaba sus cuadros o estudiaba esa carrera universitaria a distancia que había decidido acometer a destiempo, cuando leía o cuando ejercía como voluntaria con enfermos mentales.

Mientras intercambiaban teléfonos, Susana le dijo pizpireta: -¿A ti no te gusta mucho hablar, verdad?

“Todos estamos llenos de dobleces, de secretos y mentiras. Hablamos y hablamos unos con otros como en tercera persona, tratando de presentar a un yo  irreal sobre el escenario. Palabras, labios en movimientos,  miradas nerviosas y asustadas,  deseos y sobre todo miedo. El pánico gobierna las vidas.   El perspicaz y el paciente puede ver partes del  otro lado del muro o al menos el muro, por sofisticado que sea”.

Al caminar a casa de madrugada,  con su percepción potenciada y distorsionada por el alcohol, pensaba que Susana parecía no lucir disfraz ni se atisbaban paredes tras sus ojos.  Le llevaba a su  infancia. Tal vez no hubiera verdad porque ella era de verdad.

Alberto estaba harto de su gente, de sus amigos, de sus conversaciones estúpidas, de la violencia de sus palabras, preñadas tan a menudo de ideas racistas, xenófobas, machistas. No solía participar en estas beodas discusiones,  cada vez más comunes por la situación económica del país.  Al contrario de lo que pudiera parecer,  su silencio provocaba el efecto contrario en un espectador ajeno, el de parecer el más peligroso de todos, el que más cerca estaba de pasar de las palabras a los hechos, de la pose a la acción. Recordaba a Enrique, a su único y verdadero amigo, recordaba el  día que se marchó a Canadá, cuando le abrazó y le tiró fuerte del pelo sonriendo mientras le decía a la oreja:  “Siempre Juntos, Bobby Jean”. Ambos sabían que era una  mentira, que sólo era el deseo de buena  suerte. Sin embargo, ahora  pensaba si Enrique se encontraríaí tan perdido como él y no lograba entender cómo había acabado rodeado por toda la gente que ambos despreciaban.

Durante las últimas semanas había conocido a algunos de los amigos de Susana. Rápidamente se percató del cariño que le tenían todos los que la rodeaban. Era el que ella despedía y que le regresaba rebotado y multiplicado. Y pensó que ella hacía mejor a todos,  que era de esas extrañas personas que rara vez conocemos y que actúan de pegamento cuando las cosas o las personas se rompen. “La gente está muy sola, Alberto” le decía contándole historias de su trabajo. Aunque se pasara un fin de semana completo sentada en la camilla de su cuarto de estar estudiando, ella nunca estaba sola. Cuando trabajaba le gustaba dejar notas en los buzones de los que quería y de la gente sola y con problemas a los que sabría que una sencilla frase serviría para hacerles sonreír durante un instante, para alegrarle un día tan largo como   todo un ríoi Aquel día, en el buzón  de Alberto había una nota que decía: “Besos, tigretón” 

“Tal vez todo había sido una cuenta atrás para darme de bruces con la mejor persona que he conocido y la fecha del lanzamiento había llegado.  Tres, dos, uno…”

                -¡ALBERTO! Gritó desde el otro lado de la puerta su hermana. Son tus colegas. Dicen que llevas días sin contestar al teléfono, ¿Que si marchas al Cali?

-                                                   - No - contestó quedo, casi para sí.

 Cerró el cuaderno y buscó  la ese en la agenda del teléfono.

9 comentarios:

Balti dijo...

Gracias Atalanta, ¡¡¡¡me ha encantado!!!!

Susa dijo...

Cada vez que lo leo me emociono y ya he perdido la cuenta de las veces que lo he hecho...Besos tigretón!!!!!

CiegoSabino dijo...

Ay tigretoooooonnnnn.

Felicidades Susa

Jumento Acera dijo...

aayyyyyy Kamikaze ... pero que rebien t'ha quedao'!!!


El Cali lo han cerrado.



Y FELICIDADES ZAGALAAAA!!!

erisueno dijo...

Precioso.Felicidades Susana.

Susa dijo...

Gracias a todos!!!!!!!

Atalanta dijo...

No creo que se lo haya leído mucha gente. A los que le gustó, especialmente a la protagonista, muchas gracias. El relato trataba de ser un vehículo apresurado que sirviera de regalo de cumpleaños original para una persona excepcional y eso creo que se consiguió.
Seguro que cuando lo vuelva a leer esta noche, haré muchos cambios. Eso es inevitable.
Y no... no soy Alberto.
Abrazote

Anónimo dijo...

Bonito relato!!

con regalos así, quién quiere cosas materiales? felicidades a Susana.

Arturo

Atalanta dijo...

Gracias, tron. Pues eso digo yo. Empecé así en Reyes y así voy a seguir, con estos regalitos :)