viernes, 7 de diciembre de 2012

Honor obliga


Un relato escrito hace unos meses y más bien dirigido a la gente del pueblo ya que toma como punto de partida sucedidos en Ciudad Rodrigo durante la Guerra de la Independencia. El problema de ajustarse a diez folios en que debes prescindir de descripciones y diálogos.  Si algún foráneo se anima a leerlo y todavía no conoce uno de los pueblos más bonitos de España, me presto servirle de guía para enseñarle los lugares donde se desarrolla la historia. A propósito, ya mismo marchamos a otro sitio especial, el que ya muchos sabéis que es mi ciudad favorita, al oeste del oeste. Nos vemos.

"HONOR OBLIGA"


Al sentir  frescor en los labios, abrió los ojos. Por un momento pensó que fuera su madre la que le ofrecía agua, aquella que ahora añoraba de igual forma que tantos otros cuya muerte había presenciado durante los últimos días. La muerte nos iguala a todos. La guerra como su brutal antesala también.  Cuentan que en la guerra los dolores desaparecen. Obrando cual bálsamo, el pánico durante el combate, el pundonor por seguir existiendo sana muelas y lumbagos. Hace milagros, el cojo corre, el hueso funde, el ciego ve. De la misma forma, el comportamiento de  muchos moribundos sigue un mismo patrón, esa llamada desesperada a la madre intentando buscar el amor innegociable y absoluto, la fuente de vida más pura a las puertas de la muerte.

Pero no era ella la que sostenía el cuenco. Le costó reconocer los ojos del edecán francés. Sin su caballo le parecía fuera de lugar. Habían pasado más de dos años  desde aquellos días de Junio de 1808 posteriores a la espoleta del levantamiento de Madrid. A las puertas del Palacio Episcopal una multitud inquieta aguardaba entonces la salida de los emisarios del Ejército de Napoleón. Un jefe del Estado Mayor y dos oficiales traían cartas para Ciudad Rodrigo del General Loisson solicitando el paso de su ejército por la ciudad en su camino a Salamanca con un ultimátum amenazante: “Desdichado pueblo si obliga al ejército francés y le pone en la dura necesidad de pisar su suelo como enemigo”.

Recordó el rumor del pueblo agolpado esperando la salida de “los franchutes”. En los ojos, en las palabras sin voz, la  locura incubando, esa que debía resultarnos extraña y asustar y que sin embargo, aquellos días parecía tan normal y esperada. Rostros serios, crispados, llenos de la furia contenida previa al banquete de sangre y horror que se avecinaba. Las noticias eran demandadas con urgencia al viajero que llegaba desde cualquier punto de España, contando lo que todos temían y al mismo tiempo querían escuchar.

Historias reales o fabuladas durante los últimos meses  habían secado la yesca, presta para prender un incendio. Sólo faltaba un golpe sobre el pedernal para que un país entero ardiera en el infierno.  Los tres oficiales franceses montaron a caballo. A la dignidad inherente al militar de carrera, se unía el orgullo consciente del uniforme que había conquistado Europa. Ni los gritos aislados de los integrantes  más exaltados del gentío que atestaba la pequeña plaza, consiguieron alterar el porte de los soldados.

Enrique, después de varios años viviendo apartado y dedicado al estudio en Salamanca,  había vuelto a vestir el uniforme militar acudiendo al llamamiento de los últimos reclutamientos de la plaza. Aquel día las tropas españolas respondían de la seguridad de los mensajeros. Sin pensarlo demasiado, sujetó las riendas del caballo del francés y los acompañó calle abajo  fuera de las murallas por la Puerta de la Colada.  En su corta despedida, no solo sus palabras, sobre todo los ojos del francés expresaron agradecimiento y respeto. Hoy, dos años después, el respeto seguía siendo el mismo, junto a la compasión y  la aceptación del absurdo destino que envuelve al hombre y al soldado. Precaria existencia del soldado vencedor que se sabe  fútil, a cada paso más cerca de su derrota y muerte.

Cuando aquel día el edecán galopaba junto a sus compañeros con su respuesta al encuentro de sus tropas,  aún escuchaba  los gritos y el clamor de Ciudad Rodrigo. La carta de la Junta de Gobierno y la serenidad de los ojos de Enrique le convencieron de la determinación real de entregar a las águilas imperiales únicamente “cadáveres, cenizas y ruinas”. Aquel fatal augurio se consuma hoy, 10 de Julio de 1810. Esta hermosa ciudad no es más que montones de cascotes sepultando cadáveres y cuerpos aún con vida entre innumerables llamas incontroladas.

Soldados. Extraño sino el de personas atrapadas en un deber que sabían el más poderoso e incuestionable y que probablemente les llevaría a una muerte prematura en algún campo de nombre impronunciable,  frente a murallas lejanas o hundiéndose en el fondo de un oscuro océano implacable. El honor impedía a un oficial otra alternativa que la de morir por una patria, una religión, un rey que bien podía ser, que probablemente siempre fuera un rico hijo de la gran puta.

Durante el cautiverio de Tolón  Enrique convivió con soldados realistas y  guardias revolucionarios que defendían otras ideas. No es que los soldados entendieran demasiado los motivos por los que les enviaban al matadero. Aparte del poder y la ambición, nunca fue capaz de comprender razones de más peso. Eso era asunto de los peces gordos. Aquellos extranjeros le transmitieron la imagen de una España ignorante y valiente dominada por un clero fanático. Enrique se acabó cuestionando sus propios principios y ya de vuelta, acabó leyendo y contactando con los ambientes ilustrados de Salamanca, tan extraños y marginales. No era mala gente aquella. Los tachaban de peligrosos,  subversivos y traidores pero él bien sabía que aquellos débiles y locuaces maestros o escritores pretendían lo mejor para esta España ingrata.

Cuando las banderas francesas penetraron en España como aliados en su camino a Portugal, una secreta esperanza se albergó en su interior, la de que España, por una vez y sin la sangre que pagó el país vecino, se subiera al tren de esas ideas que nos contaban revolucionarias pero que parecían tan humanas; ideas  perseguidas por la iglesia y que paradójicamente se antojaban tan cristianas. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, ¿acaso no podía traer más que bien al ser humano?

Poco duraron sus esperanzas. Ya era difícil casar que ilusiones como la soberanía nacional, los derechos del hombre o la separación de poderes  se sembraran por Europa al ritmo que marcaban los cascos del caballo de un emperador ególatra.  Pronto los rumores, las historias y  noticias  se extendieron por doquier. El ejército francés era de ocupación y se comportaba como tal, esquilmaba y mataba como cualquier otra tropa del pasado, tenía el mismo rostro del horror que mana desde nuestras fuentes de tiempo más lejanas, indiferente a uniformes o idiomas, representando una vez más ese drama atávico que para el hombre es la guerra.

Cuando el 2 de Mayo todo estalló en Madrid, a nadie extrañó. Enrique llegó a pensar que esos conatos de sublevación, esas revueltas del pueblo podrían emplearse en conseguir una forma de gobierno más justa, en la que todos los españoles pasáramos a ser ciudadanos en lugar de súbditos. Incluso quiso ver en la elección de la Junta de Gobierno de Ciudad Rodrigo, creada para hacer frente “al francés” y compuesta de hombres de toda clase y condición, una pequeña recreación de unas cortes que encarnaran la soberanía del pueblo, con verdadera legitimación para el ejercicio del poder. Por qué no un primer paso para un futuro mejor y más justo.

Sin embargo, poco después una forma de hastío comenzó a turbar su espíritu. Aquel día de Junio de 1808 una cantidad ingente de personas abarrotaba las calles de la ciudad. Los bandos  de reclutamiento habían llenado  Ciudad Rodrigo de personas de los arrabales y los pueblos de alrededor. Esa tarde pareció que el asfixiante calor fundió a  los que atestaban las calles en un todo informe y monstruoso, despojándoles de su cualidad de individuos responsables y cristianos, convirtiéndoles en una masa irracional y justiciera, cuando la justicia sólo se identifica con el derramamiento de sangre, con un sacrificio ancestral purificador.

Eran las cuatro de la tarde cuando Enrique llegó abriéndose paso a empujones entre la multitud enloquecida, justo en el instante en que mostraban la cabeza del gobernador  en el balcón del palacio. Que se sepa que el pueblo español descuartiza al contemporizador, al sospechoso de patriotismo tibio. No fue  la única mirada horrorizada la suya. Se frenó en seco ante el golpe de lo ya irreparable, apartó la vista y  recordó las cabezas de los gallos arrojadas en la puerta del comerciante francés unas noches antes, presagio de lo que estaba por suceder, de la que probablemente hubiera significado también su muerte a esas horas. No, aquello no era camino de nada bueno. La naturaleza humana sin freno, empeñada en la autodestrucción, siglo a siglo.

La sangre vertida siempre exige más sangre para redimirse, para pagar precios. Y los precios siempre se acaban pagando. Hoy, casi dos años después, puede que hayamos comenzado a saldar nuestras deudas. Las calles que ya no son calles, manan sangre y fuego para aplacar el odio que se alimenta de sí mismo y entonces,  poder volver a encarnarse y crecer en ejércitos y proclamas distintas. Nunca hay batalla con las suficientes bajas para que no se pueda volver a recomponer otro ejército a cuyo frente siempre cabalga la carcajada de la muerte.
Tras el asesinato del Gobernador Ariza, Enrique se encargaba de la formación acelerada de las milicias urbanas. Les enseñaba a todos aquellos hombres inflamados de afán de venganza y arrojo, que la infantería en la guerra lucha con serenidad y disciplina, que todo eso que ardía en su interior no les serviría de nada frente a un ejército bien entrenado como el francés, que eso probablemente les llevaría antes de lo previsto, a una  muerte segura. Debían confiar en la profesionalidad y sentido de  organización de sus mandos. Sin embargo, ¿por qué él no podía confiar en el buen juicio de sus superiores, en aquellos  que regían tan desacertadamente el destino de una España atolondrada, fuera de camino e intolerante durante tanto tiempo?

 La naturaleza del hombre es la de la metamorfosis continua. No hay principios ni valores inamovibles porque todos deben ceder ante lo único que tiene un verdadero hombre como cierto, su honor. La única base sólida, el índice de la dignidad en cada revuelta de la vida.  Ello te proporciona un suelo firme sobre el que asentar los pies pero también muy a menudo,  resquemor y amargura. Es hora de reconocerlo, a veces jode pelear sin razones. Tiempos en que la artillería es trascendental, el trueno que apaga la voz de molestos pensamientos y dudas,  la resignación del infante avanzando al paso mientras el campo es barrido por balas y metralla, rogando por un día más de suerte, los gritos dementes de la alocada carga de caballería. El truco consiste en aturdir y ensordecer para no preguntarse por qué nuestra naturaleza se encuentra a tanta distancia de nuestra existencia.

Entre las llamas y el humo, hoy veía carreras atropelladas y sin rumbo, escuchaba hablar  francés y  muchos gritos, estos sin seña de identidad ni patria. El castellano había desparecido de las calles. Estos gritos de clemencia u horror, apenas hace tres meses eran  de alegría, tan inflamados de furia y fervor. Las guerras. Todos los ejércitos marchan a cada guerra alegres y con brío, henchidos de esas palabras sagradas: Dios, Patria, Rey. Esas palabras que maldice, siempre puertas adentro, el que ha participado en una batalla y tiene la suerte de regresar.
De pronto vio pasar la bandera francesa y volvió a pensar en  lo que hace bien poco significó para él. Pensó en el día en que soñó que aquella bandera traería para el mundo el final de esos gritos, los del horror y la guerra. Que incluso sería el principio del final de todas las guerras. Miró el elegante uniforme del oficial francés, mientras oía una frase tiernamente mentirosa que le animaba y mentía, contándole su fortuna, que salvaría la vida.  Sonrió y no contestó, era consciente de que si no le había matado la metralla, el aire enrarecido y enfermo del hospital lo haría. Ningún soldado quería marchar allí, de sobra sabía que no era en la propia batalla sino en la repugnante acumulación insana de sus salas, donde se producían las mayores bajas del ejército.

Sabía que había llegado más lejos que con otras heridas, que estaba más cerca que nunca del otro lado porque no le importaba gran cosa cruzar.  El dolor había cedido. Francisca, la razón que le había arrastrado hasta Ciudad Rodrigo, ya no estaba allí. Recordó  esos días de antaño en que todavía bajaban al río, y en cómo sentía el milagro de que, echados en la hierba, tan solo su voz en la oscuridad  fuera capaz de abrazarlo por completo, con todos sus temores y esperanzas. Más tarde, ya  solo bajó al río a talar los árboles de la alameda que servirían para el reforzamiento de las defensas.

Con el tiempo, sus sueños junto a ella comenzaron a tornar en solo miedo. Hasta que todo acabó durante los cuatro días  de pertinaz  bombardeo  que asoló la ciudad. No solo los soldados y voluntarios de la milicia, también la población  se afanaba en apagar los fragmentos de las terribles bombas incendiarias que estallaban por las calles, incluidos esos niños que para siempre perderían su mirada infantil. Mala suerte vivir en el filo. Su cara, esa cara que solo podía tener la nariz respingona que casara con su risa desbocada y contagiosa, había desaparecido para siempre entre las ruinas.

 Una pena no por esperada, deja de ser menos pena. Ahí  llegó la sed. La sed implacable  que le había acompañado hasta hoy,  la física y sorprendente por desconocida, que provocan las lágrimas continuas. La otra sed, la más íntima y profunda, la de un parte de ti que ya marchó y que nunca volvería.

Sobre el papel, con Francisca había desaparecido el vínculo que le unía a  la ciudad y sin embargo, sentía que nuevos lazos habían nacido para  ya nunca separarlo de Ciudad Rodrigo, ese pequeño fuerte que  por unos días,  retaba a Napoleón para tratar de influir en la suerte de países enteros. Cuentan cuentos y hazañas en guerras, de victorias en Austerlitz o Marengo. Apenas ayer eran los mirobrigenses los que tenían la llave, precisamente frente a Massena, artífice de una de esas grandes victorias.  Eres el protagonista de la Historia de los libros y después de más de dos meses de asedio,  todos eran conscientes de que esa gloria ganada en el campo de batalla es una gran mentira.  Brno no era nada más que un nombre extraño, ajeno, sonoro  que seguro habitaba tanta gente inocente como en Ciudad Rodrigo, una ciudad preñada de palacios y pasado, ahora calcinado. Pero, ¿quién es inocente? Mejor, ¿quién es el culpable cuando a veces a todos les ciega el empeño en combatir y morir como poseídos?

Sintió que ya se había convertido en mirobrigense, y sintió como un mirobrigense al entender que todo estaba a punto de finalizar cuando unos días antes, en uno de los carros con cadáveres, se adivinaban los cuerpos sin vida de uno de los símbolos de la resistencia, el del entrañable ciego “Tío José” y  su inseparable perrillo Sabino, cazados en las afueras cuando llevaban a cabo alguna de sus arriesgadas tareas de enlaces e información.  

También fue un duro golpe ver marchar otra noche a Don Julián con sus lanceros, los cascos de los caballos cubiertos por telas para aprovechar la sorpresa en su tentativa de romper el ya asfixiante cerco francés. Una tarea a la altura de un personaje valiente y de talla real. Por una vez, esos tintes legendarios que fue adquiriendo su figura, quizá fueran merecidos.  Aunque nadie las sabe ciertas, gustamos de esas historias de seres indestructibles, de alguien en quién confiar y ampararnos. Por eso fue tan triste verlos abandonar la ciudad para no volver a escuchar sus locos relatos de emboscadas y encuentros con los dragones franceses.

Cuando el alrededor se desmorona, cuando el equilibrio de todo es tan precario, comienzas a interiorizar las cosas triviales como las esenciales en la vida, las únicas importantes. Los mandos arengaban, la Iglesia martilleaba sermones para que no se olvidara la justificación de nuestra lucha, para no flaquear.  Esas mayúsculas que no te pueden hacer olvidar que una rendición jamás es gloriosa, pero cuando apesta el olor a hierro de la sangre, percibes que lo único que importa son las minúsculas  de tu vida. Cuando se aproximaba la batalla, te hacen valorar cada día como si fuera un gran regalo y sientes que cada beso o cada risa podrían hacerte reventar de gusto. Todo, hasta el hecho más menudo y absurdo, el simple y precioso silencio, adquiere un significado tan pleno que asusta. Asusta porque sientes morir, quieres vivir y te duele dudar. Piensas en los días que no vivirás y esa suerte de nostalgia del futuro duele más que la verdadera.

Los días previos al ataque definitivo Enrique se asomaba con vistas a poniente,  a Portugal y disfrutaba la maravillosa puesta de sol entre nubes amoratadas.  Veía las baterías ocultas en el Teso de San Francisco y cómo las tropas se movían  cada día más cerca.  Habían pasado más de setenta días de asedio y sabía que restaba poco para el final. Nuestros cañones hacía tiempo que no conseguían mantener la respuesta frente al poderoso tren de artillería francés.  Se habían acercado demasiado. Trincheras, galerías, hoyos, minas. Las dos brechas eran prácticamente indefendibles y el temor de la población al saqueo a sangre y fuego se palpaba en cada palabra, en cada mirada.

Las esquivas palabras de los despachos de Welington ya no significaban nada. Hace días que todos los mirobrigenses sabían que se había condenado esa puerta. Era tiempo de cumplir con nuestro destino, que no era otro que el de la inmolación completa.

A veces Enrique, cuando estaba apostado, conseguía abstraerse de lo que le rodeaba, fijándose en los detalles de un mundo que continuaba su curso natural, ajeno a la batalla. Y miraba las flores que poblaban aquí y allá las partes del glacis aún no calcinadas o la infinita llanura de campos al frente,  las malvas, los pimpájaros, el hinojo que hace tanto tiempo le era imposible oler. Algún loco vencejo que  aún volaba entre las balas de cañón, los indestructibles insectos, esos pequeños zapateros anaranjados tan bonitos que  subían entre sus dedos cuando estaba recostado sobre el parapeto. Su vida era la de cualquier inicio de verano, tan ajena a la tragedia de los hombres. Esas pequeñas criaturas no son la imagen y semejanza de Dios. Tal vez esta mancha es la condena de los hombres. Su capacidad para razonar de poco les sirvió para vivir, quizá sí para morir. Puede que el sentido del honor sea lo único que les diferencia de los animales y en algún punto del camino el hombre debió entender mal su deber, empleándose con furor en luchar por causas ajenas y absurdas.

Hoy por la mañana vio desde el frente de la catedral, entre alivio y pena, aparecer a los primeros granaderos franceses a través de la brecha y  cómo el Gobernador Herrasti les estaba esperando para capitular. Percibió la figura del Mariscal Massena, -¿o sería Ney?-, como insólitamente cercana, casi tanto como la del oficial que ahora se encontraba postrado junto a Enrique. Esa primera imagen que formas de alguien por lo que te cuentan o lees, es poderosa, difícil que retroceda; más aún la del Mariscal, un ser de libros y grabados, y sin embargo, le pareció un simple hombre. Le hubiera gustado poder ver algún día al mismísimo Emperador en persona y humanizarlo,  preguntarle sobre sus razones y remordimientos. Puede que fuera como todos, condenados desde nacimiento con la marca de los iguales y hermanos, a golpearnos hasta el no existir.

De pronto, todo se volvió negro. Si tenía los ojos abiertos,  ¿por qué  parecía que los había cerrado? Un instante después el edecán sí que le cerró los ojos preguntándose si él también tendría el temple para morir cómo se le exige una oficial cuando le llegase su hora. 

3 comentarios:

CiegoSabino dijo...

Sin comentarios, Abel-Atalanta-Enrique.

FANBIKE dijo...

Me gustan los blogs "diferentes" y este es uno de ellos, mola!

Atalanta dijo...

Ciego, ya sabes que los afrancesados es uno de los temas que más me atraen de la Historia de España. Algún día me pondré en serio y volveré sobre el tema. Supongo que sí, que en todo lo que escribes -en cada personaje de cada relato- hay parte de ti pero escribir no es una tarea tan simple o puede que sí, que al final todo lo que escribes es volver una y otra vez sobre los mismos temas, los que te preocupan o los que te mueven -a mí y a todos- Todo son excusas para escribir, lo único importante. Hace tiempo que elegí contar con cada material de ficción que manejo. ES una opción que comparto con gran parte de la gente del mundo del arte que me gusta. Al fin y al cabo, crear y publicar algo es exponerte a que te den leña. REcibido.

Fanbike, Tal y como todos vamos por la vida, que haya personas ahí, al otro lado, para perder un rato de su precioso tiempo y perderlo dedicándoselo a algo que he escrito -además de temas y estilos tan variados-, me parece una recompensa increíble. Muchas gracias, de verdad