lunes, 3 de diciembre de 2012

Blood on Blood



Viendo el vídeo de Gutter Twins empecé a tirar del hilo y surgió un relatillo al que habría que seguir dándole vueltas para dejarlo medio aparente pero que ya quedó atrás. A otra cosa.

"Blood on Blood"


Tal que si utilizara un monitor, como si una cámara lo hubiera grabado, aún veía de lejos aquellos chicos pertrechados de palos y barras descendiendo el terraplén a la carrera totalmente fuera de sí, arrojando piedras, tropezando,  rodando por el suelo incluso, mientras se acercaban  a otro grupo más reducido que hasta entonces caminaba inconsciente y tranquilo por el descampado. Y volvió a ver sus miradas extrañadas un instante antes de  comprender e intentar escapar.

Entre los grupos enfrentados en ridículos bailes anárquicos llenos de golpes al vacío y pasos  inseguros que son las peleas de barrio, una pareja destacaba por lo idéntico de sus contendientes. No era solo la misma camiseta negra y  los cuerpos tan similares. Era ese algo inaprensible, esa forma de sostener cada uno una vida que todos reconocemos en el  otro, que sabemos  tan parecida y sin embargo tan única. Esa forma de poner en movimiento cada cuerpo que a ellos apenas los diferenciaba. Aquella lucha era la de  un chico golpeando con saña la imagen de su espejo.

Cuando el monitor imaginado desapareció y volví  a replegarme en mí mismo, ya ni siquiera quise recordar el motivo de la pelea. Solo pensaba que mis motivos eran otros, que golpeando sería capaz de apagar el fuego que se escondía en un lugar difícil de localizar, alojado en una mancha entre mi pecho y la parte de atrás de mi cabeza desde la noche que oí  describir a mí hermano cómo le metió mano a Laura.

Aquel día nació una forma de angustia desconocida, un amago de asfixia, lo mismo que la de un pez fuera del agua, un boquear inesperado e incurable. Aquel certero puñetazo en el rostro de mi hermano no fue el líquido refrigerante que buscaba para apagar el incendio de mi interior. El calor no solo siguió allí sino que arrastró otro tras de sí, el que hasta hace poco no conocía y que, de un tiempo acá,  me era tan familiar: el de la culpa. El de la culpa que ya sabía  solo se cura con el perdón o el castigo. Por no hablar de otro dolor más fácil y comprensible, el de mi mano rota, que a estas horas por fin comenzaba a ceder.

Fue una tarde complicada en casa con una de esas broncas que no defraudan expectativas; son tan fuertes como era previsible. Después de un acuerdo impuesto, madre nos obligó a estar juntos en la habitación. Sin mirarnos, sin hablar. Mientras yo ponía  un disco,   tratamos de buscar la forma menos incómoda de ocupar un espacio que nunca había parecido tan pequeño. Casi al mismo tiempo, ambos decidimos echarnos en la cama de lado, con la cabeza incorporada sobre la pared y los pies colgando.

La canción empezó a sonar y  no pude evitar volver a pensar en Laura. Pronto sería verano,  bajaríamos al río y volvería a verla en biquini. Volvería a intentar adivinar el fin de las curvas y huecos tras cada recodo de su ser, sabiendo que al otro lado no había más que otra curva y otro hueco. Las gotas repartidas y extrañas sobre toda su piel, unos minutos antes de que el sol las convirtiera en  recuerdo apropiándose de toda ella, entibiando su agradecido cuerpo.

Y yo empecé a cantar despacio, lento, olvidándome apenas un instante de dónde estaba y de qué había ocurrido aquel día tan largo y lleno de esperas. De pronto me sorprendió escuchar a mi hermano cantar y recordé todo lo que quería olvidar, pero por primera vez, eso no me hizo sentir mal ni triste. Volví  a cantar algo más alto, siguiendo mi hermano el camino, ya dándome cuenta de que  todo ese peso que sentía desde hace semanas se me estaba escapando.  Hasta que acometí a gritos el último estribillo sin él achantarse, descubriendo que con cada grito y cada carcajada todo lo que me había parecido importante, perdía toda su importancia.
*****
Años después, esta canción se me sigue haciendo corta, pero es curioso recordarla siempre tan larga esa tarde. Aquella canción duró más de lo que dura una canción de rock and roll porque siguió sonando hasta mucho después de que mi madre golpeara la puerta y gritara con  el enfado más alegre de la Historia que bajáramos la música y dejáramos de dar voces, que parecía que estábamos locos.

Aún sigue sonando y a veces ocurre. La cámara vuelve  a aparecer. Un plano cenital de dos chicos casi idénticos tirados en una cama con la misma camiseta negra de Extremoduro, dos chicos cantando y riendo, uno con un ojo amoratado y casi cerrado, el otro con un mano escayolada.

Y entonces pienso que en esa imagen está todo lo que he sido capaz de aprender en la vida.