miércoles, 16 de septiembre de 2015

De repente Abril (VI): aprender a mirar, aprender a morir




En la tibia oscuridad de la habitación, sobre la cuna, se adivina su pequeño cuerpo dormido boca abajo; los brazos pegados al cuerpo, las manos con las palmas hacia arriba en una posición incómoda, poco natural, como tantas otras veces. Cuando me siente moverme en la habitación, Abril se revuelve tímidamente.


Es hora de despertar. A finales de su segundo agosto entre nosotros,  ya veterana, repite en nuestra feria de teatro. Pagar una entrada y colocarse al borde de un escenario, para una niña de poco más de un año, podría considerarse, en cierto modo, algo absurdo, ya que, al fin y al cabo, para ella la vida cada día es sentarse en una platea y esperar a que comience la función, porque todo ocurre casi por primera vez, todo viene a ser un gran teatro, vehículo de emociones. 


Mientras Abril busca que el mundo suceda, yo pago mi entrada buscando una representación del mundo ya vivido, soñado o temido; que a través del humor o la tragedia, de la música de Juan del Enzina o Bach, de nuevas palabras o  de esas antiguas  que nunca envejecen,  las de Lázaro, Santa Teresa o Edipo, me entretengan, me hagan reflexionar o admirar la insólita belleza que es capaz de crear el hombre a través del arte, facultad no solo reservada a la naturaleza. Porque, al fin,  los temas son los mismos de siempre. Entre ellos, pertinaz, la ambición de poder y sus consecuencias. 


Entre ellas, lejana pero segura, otro niño acostado en la misma postura que Abril, algo mayor que ella, que  también parece dormir. Sin embargo, a pesar de acercarte, a pesar de cogerlo suavemente entre tus brazos, no se despereza ni se mueve, acunado para siempre por una eterna nana marina.  La muerte no amaga, está o no está. Observando su cuerpo hace tan poco despierto, casi vivo, nace en tu interior una primera pulsión irracional fermentada entre la rabia y la pena. Estéril rebelión la de tratar de volver atrás, la de evitar lo inevitable. Vuelves a la realidad y te niegas a ir más allá, a pensar en la agonía de un niño muriendo ahogado sin comprender qué ocurre, sin siquiera adivinar que existía un doloroso final para todo lo que le rodeaba. La inocencia no valora ni decisiones del pasado ni expectativas de futuro.


Hace tiempo que llegué a la conclusión de que saber vivir es aprender a mirar, es aprender a morir.  Aprender a mirar, denodado esfuerzo, tarea fútil la de tratar de recuperar la fascinación de los ojos de Abril filtrando como extraordinario lo que sucede de ordinario, la sorpresa ante cada maravilla, todo lo bueno que hay alrededor. Como seguro fue para Aylan conocer el mar que, sin él saberlo, encarnaba el heraldo de su muerte prematura. Aprender a morir, transitar las fugaces o espesas etapas vitales para acercarse serenamente al fin, a esa despedida en que la naturaleza sabia te priva de la vida cuando ya no se quiere vivir. 


Aylan no tuvo la oportunidad de recorrer su propio camino y demostrar su temple después de  toda una vida.  Supo qué era vivir compulsivamente, pero no tuvo tiempo para la calma, para  intentar comprender qué es ser un hombre.


Y no puedo evitar cierto sentimiento de culpa:


-         Por haber escrito un artículo como “Imagina”, sobre la odisea de los refugiados, en apariencia, duro;  en realidad, de tramposo final feliz.

-          Porque cuando vi tu foto por primera vez, las lágrimas difuminaron mi mirada, pero ya no ocurre, me acostumbré a tu cuerpo frío y empapado sobre la arena.

-          Por verme reflejado en los enormes ojos de Abril mientras me sonríe.

-          Por evitar pensar en todos los niños que no llegan a la playa cada día y que no son fotografiados.

-          Por poder abrazarte fuerte, Abril, mientras pienso qué será ese último instante en que se escapa un hijo de tus brazos arrastrado por el mar. Si es posible vivir y seguir adelante con el veneno de ese recuerdo.

Prisioneros del tiempo, de un destino maldito que se repite día tras día, donde la noche apenas es una tregua y ya se hace la luz sobre Tebas. La cotidiana tragedia se ha de volver a representar.

3 comentarios:

Manuel Belda dijo...

No encuentro calificativos. Es una suerte leerte. Y un milagro encontrar escritores del alma como tú.

Manuel Belda dijo...

No encuentro calificativos. Es una suerte leerte. Y un milagro encontrar escritores del alma como tú.

Atalanta dijo...

Gracias,Manuel, me alegro de que te gustara. Reconforta aún más por venir de donde viene. Ambos sabemos que somos de sensibilidad afín. Abrazo.